jueves, 11 de marzo de 2010

Inequívoca

Efrén D. Falcón

Como no hay que esperar a que todos estén borrachos para saber que había guaro en la fiesta, era obvio que el gobierno nacionalista [que no puedo dejar de remarcar, es hoy gobierno por la voluntad de castigo de los liberales hacia su candidato corporativo-golpista, y por ninguna otra razón] actuaría de acuerdo a sus vísperas, bastará recordar el 2 de diciembre de 2009, cuando —con las manos escondidas— Pepe Presidente acuerpó el infame episodio en que una abrumadora mayoría de congresistas ratificó, con saña, el golpe de Estado, o la escogencia de personajes, digamos eufemísticamente, “controversiales”, como Miguel Pastor o Arturo Corrales para formar parte del equipo que debería conducir al país hacia un futuro mejor. No necesitábamos más para olvidar la tregua de los cien días, ni para dejar toda esperanza de lado.

El tiempo simplemente ha constatado la inequívoca premisa: el gobierno nacionalista —con su congreso nacionalista y su corte golpista—, no será más que más de lo mismo, lo que nos recetó Rosuco, Callejas, Flores o Maduro: desigualdades crecientes en favor de una élite, impunidad y miseria [económica y moral]. No seamos ingenuos. El país está tan secuestrado como lo estuvo durante los siete meses del golpe de Estado. El nombramiento de Vasquez Velásquez como Gerente de Hondutel es una aberración política y un insulto soez contra la mayoría de los hondureños. Es un símbolo de las barbaridades que los gobernantes están dispuestos a cometer públicamente, y quizá un indicio de las que ya están cometiendo en las sombras de la impunidad reinante. Vasquez Velasquez tiene cuentas pendientes con el pueblo hondureño, cuentas descomunales. Su nombramiento nos obliga a inferir el tamaño del compromiso [o peor, asociación] que el gobierno azul tiene con la elite que rompió el orden constitucional por motivos pura y exclusivamente económicos.

Solo puede existir un motivo para que una persona que no tiene fuertes lazos económicos, u otros intereses intrínsecamente personales, que lo aten al grupo que domina el país [golpista desde el 28 de junio], no disienta fuertemente contra el actual orden de cosas. Y ese motivo es la ignorancia, obviamente sazonada por una conciencia social exigua, y un egoísmo amoral. Nosotros, la clase media, estamos llamados a empujar los cambios en este desgraciado país. Nosotros, los que ostentamos un título profesional [incluyendo los autodidactas], tenemos una deuda social ineludible que debemos honrar. No es posible que veamos la pobreza como un mal necesario y ajeno. No es posible que veamos la impunidad como un show de políticos y empresarios ciegos. No podemos creer la mitología golpista que los medios de comunicación convertidos en instrumentos de propaganda han preparado cuidadosamente para nosotros. No podemos caer en una comodidad obscena. Debemos pronunciarnos, debemos formarnos criterios lógicos, bien fundamentados, debemos buscar información seria y objetiva, ser selectivos y apelar a nuestra inteligencia. Ser golpista no es cool, no es de caché, no es de alta sociedad. Ser golpista es ser ignorante o es ser sinvergüenza, es ser inconsciente o es ser amoral, es estar demasiado cómodo o demasiado ciego; no es ser pensante, es ser torpe, no es ser culto, es ser penco, no es ser hondureño es ser apátrida.

Sin excepción, lo que todos los hondureños queremos es un país mejor. No se puede obtener un país mejor tergiversando las leyes, manipulando las elecciones, comprando y vendiendo puestos públicos, implantando la impunidad, poniendo más en manos de los que ya tienen bastante, excluyendo a las mayorías y dilapidando los recursos que pertenecen a todos los hondureños para beneficiar a firmas extranjeras y a sus aliados locales. No se puede construir un país mejor bajo la premisa del neoliberalismo, del capitalismo ciego y del egoísmo individualista. Honduras en un país hermoso y rico, que está mayormente poblado por pobres, y solo gracias a Haití no somos el país más pobre de las américas. El precio que pagamos es sumamente alto. Y si la clase media no agrupa mentes y voluntades para impulsar una revolución ética, nadie lo hará. No nos equivoquemos, no es cuestión de ideología política, ni de religión. Todos sabemos lo que el país requiere. Con las diferencias ineludibles, podemos hacer una lista gigantesca de soluciones en la que una gran mayoría estará de acuerdo, y otra lista para discusión. Pero la única salida es la participación activa. Escribir, protestar, hacerse sentir. Marchar para cambiar la triste realidad de este país no es de choleros ni de desocupados, es de hondureños legítimos que no quieren convivir con la iniquidad. La resistencia activa es vital. No podemos permitir que un grupo minúsculo de delincuentes adolarados se perpetúe usufructuando lo que es de todos. Un día no muy lejano, lamentaremos profundamente nuestra apatía y nuestro acomodamiento débil.

El gobierno de Pepe Lobo es una vergüenza, una más, para nuestra ya avergonzada historia. De nosotros, exclusivamente de nosotros, depende el futuro de este pueblo sumido es sus honduras. Y ay de aquel que le dé la espalda al futuro de su descendencia. «Nadie es una isla. Tarde o temprano la desidia te pasará larga factura». Amén.

Fuente: Vos el soberano

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