lunes, 26 de abril de 2010

Una bola con turbideces

Víctor Manuel Ramos

Ramón Villeda Bermúdez aplica, en sus comentarios, una lógica muy sui géneris, muy apegada a sus propias verdades. Es por eso que su bola de cristal le enturbia la visión, le pone telarañas que le impiden ver la realidad concreta y tozuda.
Con tales análisis, acomodados a sus interés, es que ve, en el impulso de una Cuarta Urna para preguntar al pueblo si quiere o no una nueva constitución, en los reclamos por tierra para trabajar por parte de los campesinos del Bajo Aguan, en las luchas de los trabajadores de la UNAH por el cumplimiento del Contrato Colectivo, actos de hondureños que les gusta jugar con fuego.
Él ve fantasmas en todas estas manifestaciones de la hondureñidad por recuperar la conducción del país. Ve, en todas estas acciones legítimas del pueblo, peligros de intromisión foránea en nuestra democracia. Por supuesto, cuando habla de nuestra democracia, no se refiere a la del pueblo que reclama bienestar, salud, educación, trabajo, agua, energía a precios justos, mejores caminos y mucho más. Se refiere a la democracia de la que goza un minúsculo grupo que esquilma al país sin misericordia.
Su mayor deseo, parece ser, que el pueblo siga con una venda en los ojos y que no se entere de lo que pasa a su alrededor y en el mundo entero. Desea que los hondureños de abajo no nos demos cuenta que algo pasa en Ecuador, en Bolivia, en Nicaragua, en Venezuela. Anhela que los hondureños amemos, sin reparos, esta santa democracia que nos ha recetado la oligarquía hondureña, a pesar de que ha sido un soberano fracaso, por cuanto no ha logrado sacar a la mayoría de los hondureños de la miseria y de la sumisión a los grandes intereses de una burguesía antipatriótica que nos desgobierna (no se olvide que la mayoría tiene doble nacionalidad: gringa y hondureña).
Por esas cosas de su confusión, con respecto a las verdaderos intereses del pueblo, es que Villeda celebra las declaraciones de Lobo en las que pretende aclarar, lo que hace viene a confirmar su indiferencia por el pueblo, que la idea de una Asamblea Nacional Constituyente no forma parte de su agenda política, precisamente porque, ¿ qué interés podrá tener en interpretar los verdaderos anhelos del pueblo hondureño que ha demostrado con creces que su principal ambición, en estos momentos, es una nueva Constitución para refundar el país e instaurar una democracia en donde se sienta el poder de la voz mayoritaria de los catrachos?
Por esa misma razón, Villeda ve en su bola de cristal, en las acciones de los campesinos del Bajo Aguan, una agenda extranjera, muy a pesar de que quien inició el movimiento de la Reforma Agraria fue su padre el Presidente Villeda Morales. Villeda prefiere que los campesinos no se inmiscuyan en política, él piensa que la política es asunto de personajes con saco y corbata, y prefiere que los campesinos se sienten a esperar a que San Juan baje el dedo y que Lobo, ocupado en cosas más importantes, tenga por fin un instante para ocuparse de estos asuntos intrascendentes. Además ya han esperado más de cincuenta años, nada pierden los campesinos al esperar otros cincuenta, con la tripa pegada a la columna vertebral, aplastados por el peso de la miseria.
También le incomoda que los maestros sean protagonistas en esta lucha del pueblo hondureño. El añora a aquellos maestros amaestrados por la tiranía cariísta que enseñaban a punta de garrote y de sometimiento al ideal de la dictadura de perpetuarse a través de trampas electorales y golpes de Estado, al margen del deseo mayoritario del pueblo.
Esa bola de cristal de Villeda le muestra los problemas de Honduras muy compartimenta izados: Aguan, aquí; las luchas magisteriales, allá; el justo reclamo de los trabajadores universitarios, acullá; la exigencia de una Asamblea Nacional Constituyente, por otro rincón. No se percata que todo es la continuación del hilo de una misma madeja: el engaño y la miseria en que han tenido sometido al pueblo hondureño, que por fin, está despertando y exigiendo sus inalienables derechos.
N o se asuste, mi querido amigo, nadie quiere incendiar el país. Por lo menos quienes estamos del lado de la Resistencia. No están de nuestro lado los fusiles, los garrotes, los tanques, los helicópteros, los tanques tira agua, las bombas lacrimógenas, los escuadrones de la muerte. No podría responder por la oligarquía. Más bien me atrevería a decir que estos preferirían dejar estas tierras en total despojo, antes de entregarlas a su legítimo dueño: el pueblo. No estamos planteando quitar a los ricos lo que tienen para repartirlo entre los pobres. Queremos simplemente recuperar lo que siempre perteneció al pueblo: la telefonía, de manos de las compañías privadas; la lotería nacional, de manos de las otras loterías particulares; la empresa de energía eléctrica, de manos delos avorazados productores térmicos; las minas, de los depredadores extranjeros del medio ambiente; la enseñanza pública, de los
traficantes de la educación; la fe religiosa, de los sacerdotes y pastores mercaderes; la tierra, de los insaciables terratenientes; la dignidad de ser hondureño con plenos derechos, aplastada, por las hordas represivas del ejército nacional; el orgullo de haber nacido en Hibueras, hecho trizas por quienes han propiciado que muchos catrachos arriesguen su vida para ir a otros países para enviar sus remesas para el enriquecimiento de los poderosos de este lar.
¿Qué podemos esperar de esta democracia que ha fracasado rotundamente? Porque si el ideal es Los Estados Unidos, ¿hasta cuándo alcanzaremos el nivel de vida y de dignidad de los habitantes de ese país? ¿Habrá que esperar medio siglo más? ¿No cree Ud. amigo Villeda que para “paja” ya tenemos suficiente?


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