martes, 23 de marzo de 2010

Así matamos a monseñor Romero

Por Carlos Dada

El mayor D´Aubuisson fue parte de la conspiración para asesinar a monseñor Romero, aunque el tirador lo puso un hijo del ex presidente Molina, dice el capitán Álvaro Saravia. 30 años después, él y otros de los involucrados reconstruyen aquellos días de tráfico de armas, de cocaína y de secuestros. Caído en desgracia, Saravia ha sido repartidor de pizzas, vendedor de carros usados y lavador de narcodinero. Ahora arde en el infierno que ayudó a prender aquellos días cuando matar "comunistas" era un deporte.

Publicado el 22 de Marzo de 2010
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Rafael Saravia. Foto Edu Ponces

Comienza a leer despacio, en voz alta: “Algunos años después de asesinar a monseñor Romero, el capitán Álvaro Rafael Saravia se quitó el rango militar, abandonó a su familia y se
 mudó a California”. En la mano sostiene varias páginas con la impresión de una nota periodística publicada hace cinco años. Se reacomoda los lentes -dos grandes vidrios sostenidos por un alambre-. Tiene las uñas rotas y sucias, y los ojos muy abiertos y agitados. Alertas. Vuelve a leer el primer párrafo. “Algunos años después de asesinar a monseñor Romero, el capitán Álvaro Rafael Saravia…” Hace una pausa y repite ese nombre, que no ha dicho en mucho tiempo: “El capitán Álvaro Rafael Saravia”.

Levanta la cabeza y me mira fijamente.

-Usted escribió esto, ¿verdad?

-Sí.

-Pues está mal.

-¿Por qué?

-Aquí dice “Algunos años después de asesinar a monseñor Romero”. Y yo no lo maté.

-¿Y quién lo mató?

-Un fulano.

-¿Un extranjero?

-No. Un indio, de los de nosotros. Por ahí anda ese.

-Usted no disparó, pero participó.

-30 años y me voy a morir perseguido por eso. Sí, claro que participé. Por eso estamos hablando.

Tiene las manos gastadas por la miseria y el trabajo del campo. Unas manos que nada tienen que ver con las de aquel piloto de la Fuerza Aérea convertido en lugarteniente del líder anticomunista salvadoreño Roberto d´Aubuisson, y después en repartidor de pizzas, lavador de dinero para la mafia colombiana y finalmente en vendedor de autos usados en California. Ahora ya no es nada de eso. Perdió un juicio al que no asistió, en el que fue encontrado culpable del asesinato de monseñor Romero.

-Cuénteme cómo fue.

-Se lo voy a contar todo, pero despacio. Esto es largo.

***

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En 1979, Saravia, un indisciplinado capitán de aviación, querido por todos sus compañeros pero demasiado inclinado por el alcohol y las reyertas, terminó convencido por el mayor Roberto d´Aubuisson de trabajar con él en la formación de un frente anticomunista. Lo convenció en las visitas que D´Aubuisson, un mayor del ejército experto en inteligencia contrainsurgente, hacía a los cuarteles de la Guardia Nacional para reclutar a los oficiales para su lucha.

El mayor D´Aubuisson fundó un par de años más tarde el partido Arena y se convirtió en el máximo líder de la derecha política salvadoreña. Fue también el presidente de la Asamblea Constituyente de 1985 y prominente miembro de la Liga Anticomunista Mundial.

El capitán Saravia aún recuerda cómo, sentados en la arena de una playa salvadoreña y con una botella de ron entre ambos, D´Aubuisson lo terminó incorporando a su movimiento. Se perdió 15 días con él, se fueron a Guatemala, y le pusieron sueldo, un carro y lo demás que necesitara para cumplir el encargo del mayor: “Me vas a llevar unas cosas a mí, particulares”.

D´Aubuisson murió en 1992 de cáncer en la lengua, tras haber llevado a su partido a la presidencia de El Salvador y poco después de la firma de los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra civil. Para entonces, el capitán Saravia ya vivía en Estados Unidos, se había librado de un juicio en El Salvador por el asesinato de monseñor Romero y de otro en Estados Unidos por lavado de dinero. Se mudó a Modesto, una pequeña ciudad en el centro de California, y ahí vendió carros usados hasta 2004.

En octubre de ese año comenzó a huir de sí mismo, cuando el Centro para la Justicia y la Rendición de Cuentas (CJA), una organización no gubernamental con sede en San Francisco, California, le metió un juicio civil que lo encontró culpable del asesinato de monseñor Romero y lo condenó a pagar 10 millones de dólares a los familiares. Saravia desapareció poco antes del juicio y ahora vive oculto. Ha vuelto a un país en el que se habla español.

De él me dijo alguna vez un viejo arenero con fama de duro: “Saravia estaba loco. Te veía con un dolor de muelas y te preguntaba qué te pasó. Le decías que un dentista te jodió y al siguiente día el dentista estaba muerto”.

El capitán Álvaro Rafael Saravia fue un activo miembro de un grupo señalado como responsable de asesinatos y torturas, un escuadrón de la muerte. “Un sicópata”, lo llama Ricardo Valdivieso, uno de los fundadores de Arena.

El Archivo Nacional de Seguridad de Estados Unidos consigna información de la embajada de ese país en San Salvador, notificando a Washington el secuestro y asesinato de Carlos Humberto Guerra Campos en 1985. Su familia pago el rescate, pero él nunca apareció. Según la embajada estadounidense, los secuestradores fueron el Capitán Álvaro Saravia y “Tito” Regalado, el hombre que posteriormente sería jefe de seguridad de la Asamblea cuando D’aubuisson asumió la presidencia del Órgano Legislativo.

Saravia vivió rodeado de secuestradores y asesinos, pero niega su participación en este u otro asesinato. “Yo no dirigí nunca una operación para ir a matar a nadie. Se lo digo francamente”. Se le olvida que estamos sentados aquí precisamente porque participó en el asesinato más trascendente de la historia de El Salvador.

No niega la participación de su jefe, el mayor Roberto d’Aubuisson, en operativos clandestinos para matar a seres humanos, pero alega que esto lo hacía mediante contactos en otros cuerpos de seguridad.

En su agenda, que le fue capturada en la finca San Luis pocos días después del asesinato de monseñor Romero, están consignadas varias listas de armas y el teléfono de un hombre llamado Andy. Andy del Caribe. Un traficante de armas estadounidense que traía desde su país, por tierra, camionetas llenas de armamento que disfrazaba bajo revistas Playboy que regalaba gustosamente a los agentes de aduanas en todas las fronteras. Esas armas, dice Saravia, eran para su uso personal y para armar a los miembros del Frente Amplio Nacional, el FAN, que lideraba D’Aubuisson antes de fundar ARENA.

De su rompimiento con el mayor al que servía hay dos versiones. Una es la suya, según la cual se cansó de esa vida agitada y no sentía ya la confianza de D’Aubuisson, por lo que partió a Estados Unidos. Otra es de Ricardo Valdivieso, fundador de Arena y ahora director del Instituto Roberto d’Aubuisson: un día, durante las largas temporadas que pasaban en Guatemala conspirando, les llamaron de una cantina en Izabal para decirles que el capitán Álvaro Rafael Saravia estaba peleándose con varios hombres. Cuando lo fueron a traer, Saravia golpeó también a D’Aubuisson, y ahí acabó la relación.

Del asesinato de monseñor Romero, Saravia alega que él no participó en la planificación, y pretende probarlo asegurando que el día del crimen él no llevaba más armas que las dos que portaba siempre. “Si usted mata es porque va a tener… anda con un machete aunque sea en la mano, un cuchillo, una gillette, un tenedor, cualquier cosa, lo que le vaya a meter, un lapicero, pero usted no me viene a mí a decir fijate que necesito un carro… “.

No hay órdenes de captura en contra del capitán Saravia, salvo en Estados Unidos, donde lo buscan para deportación. Pero no importa porque no está ahí. Hace algunos años habló con el periódico estadounidense The Miami Herald para adelantar que había pedido perdón a la Iglesia y que contaría todo en un libro. No dijo que donde vive ni siquiera hay papel y que el vecino más cercano que sabe leer y escribir vive a 20 minutos de su casa. A falta de libro, quiere contar todo en una entrevista.

Nos citamos la primera vez en un pequeño hotel, de un pequeño pueblo, al que llegó después de cinco horas en las que combinó la caminata a campo traviesa, el aventón en pick ups y dos buses. Yo lo recordaba como aquel hombre gordo, con relieves en la papada, el bigote y el cabello rubio que aparece en el cartel de “Se Busca” que publicó el Departamento de Migración y Aduanas de Estados Unidos en 2004, “por sospechas de violaciones de derechos humanos”. Esa foto, en la que el cuello y el torso se confunden adentro de una camisa hawaiana, adornó mi refrigerador durante más de un año, mientras lo buscaba en California. Así esperaba encontrar a uno de los asesinos de monseñor Romero. Gordo, bronceado y con una camisa hawaiana. Me topo en cambio con un anciano demacrado, flaco, con la piel marchita y lacerada; el rostro oculto detrás de una barba canosa y silvestre, y con un profundo olor a rancio. Qué pequeño se ve.

-¿Y por qué quiere hablar ahora?

-Por mis hijos. Es que hasta ellos me ven como Hitler.

Por primera vez desde que empezamos a conversar, Saravia agacha la cabeza. Aprieta la boca. Está solo en esta mesa en la que también estoy yo. Y soy yo quien rompe el silencio.

-¿Hace cuánto no habla con ellos?

-¡Uffff! ¡Ufff! ¡10 años! Me recuerdo de ellos todos los días. Aunque hasta miedo tengo de hablarles yo.

Durante las siguientes jornadas el capitán Saravia confesará también otros motivos para hablar: de todos los involucrados, es el único juzgado y el único que vive escondido. Amado Garay, el chofer, también vive oculto, pero en condición de testigo protegido de Estados Unidos. Pero es preciso subrayar algo: la primera condición para vivir escondido es estar vivo. Otras cinco personas involucradas en este crimen, o en su ocultamiento, no pudieron esconderse. Una murió decapitada, otra se suicidó, otra desapareció, a otra la mataron en un retén en la carretera. Otra terminó en pedacitos. En Guatemala. Eso dicen. Pero de esta última no hay nombre ni certificado de defunción.

Es cierto, Saravia es el único que vive escondido. Ha intentado, en reiteradas ocasiones, comunicarse con algunos de sus antiguos compañeros de lucha, pero nadie le ha respondido. “30 años han pasado y sigue la misma mierda. Ya no tengo nada que ocultar. ¿Para qué? Ya más hecho mierda de lo que estoy, cómo voy a estar. ¡Nada! A mí se me hace que hay una conspiración de que no quieren saber quién putas mató a Romero”.

Él mismo ha sido parte de esa conspiración, pero ahora está solo. Su único amigo es un hombre que tiene un viejo pick up y una pequeña propiedad rural. Ahí hay una cabañita de madera, parecida a la del Unabomber, compuesta por cuatro paredes con una ventana que protegen un piso de tierra y nada más. Ahí vivió Saravia más de un año, hasta que se metieron los ladrones y le robaron un cincho y una camiseta y un machete, que era lo único que tenía.

La segunda vez que nos vemos, en el mismo hotel, baja de su cuarto 15 minutos después de la hora convenida. Viene pálido.

-¿Qué le pasa, capitán?

-Acabo de verme en el espejo. Tenía cinco meses de no verme en un espejo.

***

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Ahora comienza a hablar. Me deja sacar una grabadora y dice: “Dele, Carlitos, que esto se va a poner bueno”. Quiere mencionar nombres. Solo hace una solicitud: “Que los capturen. ¡Que les peguen una apretada de huevos como hacían antes, a ver si no cantan!”

El juicio en su contra se basó principalmente en dos elementos: uno, el testimonio de Amado Garay, el chofer que condujo al asesino hasta la iglesia en la que monseñor Romero daba misa el 24 de marzo de 1980; y dos, la agenda que el ejército le capturó en marzo de ese mismo año, en la que se consignaba un operativo llamado Operación Piña cuyas características coinciden con las del asesinato. “No he visto esa agenda desde que me la quitaron”, admite Saravia. “Yo no podía andar en la cabeza todas mis cosas, así que las anotaba en una agendita, era natural que las anotara. Ahí estaba la Operación Piña, que la habíamos llevado desde hace tiempo, que recogíamos unas granadas en la frontera con Guatemala”.

Le enseño una fotocopia de su agenda y el capitán recibe un golpe del pasado. La observa detenidamente. La Operación Piña incluye un tirador. Extraño porque no se necesita un tirador para ir a recoger granadas a la frontera. “Sí, eso es cierto”, admite. Sigue observando esa paginita, con el título Operación Piña y, de pronto, el capitán Álvaro Rafael Saravia tiene una epifanía. “Esa no es mi letra. Esa es la letra de Roberto”.

La letra, efectivamente, es distinta a la que aparece en las demás páginas de la agenda. ¿Por qué habría consignado Roberto d'Aubuisson la Operación Piña en la agenda de su lugarteniente? Saravia no lo sabe, pero hay alguien que sí.

En 1980 el coronel Adolfo Arnoldo Majano era miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno y uno de los últimos militares que aún creían en una salida negociada al conflicto. Fue él quien ordenó la captura de D´Aubuisson y sus seguidores en la finca San Luis, de Santa Tecla, y quien primero tuvo acceso a la agenda Saravia y a su contenido.

“La Operación Piña coincide con los datos de lo que pasó”, dice Majano, “pero no estaba en la agenda de Saravia. Eso es un papel capturado a D´Aubuisson. El oficial del Estado Mayor que me ayudó a sacar las fotocopias lo juntó con las páginas de la agenda para que no se perdiera”.

La Operación Piña aparece escrita en un papel en blanco, sin impresiones de la agenda, y con un sello al borde de la página que corresponde a Mariscos Tazumal, una empresa pesquera fundada por D´Aubuisson y Fernando “El Negro” Sagrera.

Fue D´Aubuisson, y no Saravia, el autor de esa lista que, de acuerdo con la Comisión de la Verdad y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, corresponde al homicidio de monseñor Romero. Esta es la lista:

Operación Piña

1. Starlight

1. 257 Robert*s

4. Automáticos

Granadas

______________

1. Motorista

1. Tirador

4. Seguridad

El Starlight es una mira telescópica para rifles de precisión, necesarios para una operación de este tipo. De la calle al altar de la Iglesia de la Divina Providencia hay unos 35 metros, y el tirador necesitaba una mira telescópica.

El 257 Roberts es un rifle calibre 25 fabricado por la casa Remington, muy utilizado para tiro de precisión con mira telescópica. Es dudoso que haya sido el rifle con el que fue asesinado monseñor Romero. La autopsia revela que recibió un proyectil calibre 22 en el corazón. Pero el tirador no salió del equipo de D´Aubuisson, sino del otro conspirador: Mario Molina, hijo del ex presidente Arturo Armando Molina. Mario Molina aportó el asesino, el arma y el equipo de seguridad.

Los cuatro automáticos y granadas estaban en la lista como parte del armamento de los cuatro elementos de seguridad que acompañarían el operativo.

El motorista salió del equipo de D´Aubuisson, bajo la supervisión de Saravia. Amado Garay, un ex soldado oriundo de Quezaltepeque, condujo al asesino frente a la puerta de la iglesia y después lo llevó a un lugar seguro. Garay -hasta hoy el único de los participantes en la operación que había dado su testimonio- vive en Estados Unidos bajo el programa de protección de testigos.

El tirador es salvadoreño, ex guardia nacional y era miembro del equipo de seguridad de Mario Molina. El 24 de marzo, de un disparo certero, acabó con la vida del arzobispo de San Salvador.

Saravia solicita que los capturen. Hace una segunda solicitud al día siguiente. Me pide que lo lleve a la ciudad más cercana que tenga un Burger King. Cuando vivía en Modesto, California, cerraba la venta de autos y camino de su casa pasaba todos los días comprando una Whopper doble. Esta vez, aquí, me pide un favor especial:

-¿Me podría comprar dos?

-Tiene usted hambre, capitán.

-La otra es para mañana. Me la quiero llevar a la montaña.

-Pero de aquí a mañana se le va a podrir.

-Si yo todo lo que como está podrido, no se preocupe.

***

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Saravia en su domicilio actual.

Para encontrar a Saravia hay que bajar al infierno. Hace varios kilómetros que se terminó el mundo y en este paraje solo habitan gentes con deseos de despedazarse a machetazos y emborracharse para engrosar el número de viudas o al menos mitigar el dolor de las gusaneras. La hombría, aquí, se mide por muertos. Allá va Danilo, que ya mató a tres; Tomás acaba de regresar, andaba huyendo porque mató a su hermano.

El paisaje parece copiado de un cuadro naturalista del siglo XIX. Bosques de pino apenas interrumpidos por pequeños páramos en los que se alzan aldeas, verdes y hermosas si no fuera porque han sido levantadas por la miseria y el garrote. Los niños deambulan desnudos y las mujeres a los 30 años parecen ancianas, sin dientes, con las manos curtidas y los pechos caídos de tanto amamantar criaturas.

Una niña de cinco años se acurruca para defecar en el monte. El microcosmos que se apoderó hace tiempo de su sistema digestivo desecha los alimentos en forma de una diarrea verde, apestosa. No ha terminado cuando ya algunas moscas comienzan a invadir la escena. Al acecho, un perro espera a que la niña termine para alimentarse de esa plasta verde. Esta es la cadena alimenticia de la miseria. Aquí no se desperdicia nada.

Solo las moscas tienen la nutrición adecuada. Enormes y ruidosas, se aparean para después desovar en la espalda de las vacas, de los perros, de los niños. A los pocos días, la picadita se va abultando y adquiere vida propia. Es un tórsalo que comienza a moverse solo en la espalda de la vaca, del perro, del niño. Y pica, pica, pica con desesperación hasta que duele de tanto rasparse la espalda. Son gusanos que solo salen a pedazos, exprimiéndolos como una espinilla gigante, morada.

En esta tierra de morenos curtidos por el sol y disminuidos por el hambre y el trabajo del campo, vive El Gringo, un hombre blanco curtido por el sol y disminuido por el hambre y el trabajo del campo. Cuando llegó aquí, hace tres años, pesaba 282 libras. Ahora pesa 165, come de lo que le regala una vecina y aprovecha las pocas monedas que gana cuando le sale trabajo para comprar alcohol trasegado que le permita recordar su nombre y olvidar de dónde viene y por qué está aquí. La única persona que le ha tendido la mano en este macondo recuerda cuando apareció por aquí: “Cuando vino ni siquiera sabía usar el machete”, dice, burlándose.

El Gringo vive en una pequeña casa de bahareque, con ventanas de madera sin vidrio y con apenas tres prendas de vestir colgadas de una pita que atraviesa el cuarto. Una colchoneta roída y sucia le sirve de cama. Vive aquí de prestado. La dueña de la vivienda barre, mientras le cuenta que alguien le quiere quemar la casa. “Le estuvieron tirando piedras pero ninguna cayó en la ventana, yo pensé que se la iban a destruir”, dice. Los atacantes son algunos de los 10 hijos que ella trajo al mundo y que amamantó y crio hasta cuando tuvieron edad suficiente para asesinar a su propio padre. “De los 10, cinco me salieron buenos”, cuenta. Una noche, hace tres meses, dos de los otros cinco se sentaron a beber en familia con su padre. La conversa terminó en reyerta, hubo gritos y amenazas. “Lo salieron a perseguir y le pegaron con un palo. ¡Ay no!, les dije, ya me lo mataron. Pero no me hicieron caso. Ahí quedó el viejo. Muerto”. Ella misma los fue a denunciar a la policía, que los capturó días después pero que los dejó libres hace dos semanas. Han jurado volver para matar a su mamá.

“Tenga cuidado”, le dice la anciana al Gringo. “Una de mis hijas le va a quemar la casa para quitármela”. Esta mujer no sabe que El Gringo es salvadoreño. Ni que se llama Álvaro Rafael Saravia. Tampoco sabe que es piloto de aviones. Ella nunca ha visto un avión. Tampoco sabe que El Gringo participó en el asesinato de un arzobispo. Pegada a su falda camina su nieta, huérfana de padre, que tiene una hermosa sonrisa y una infección en un ojo.

30 años después de asesinar a monseñor Romero, el capitán Álvaro Rafael Saravia está en el infierno.

-Claro, es un castigo. Todo donde estaba metido yo era una podredumbre, todos andaban detrás del dinero como sea. Los medios no importaban, pero querían dinero. Enriquecerse.

-Usted también.

-Yo también. ¡Claro! Vaya a verme ahora. He aprendido a vivir con lo que tengo. He vivido con la gente que realmente sufre. Pero sufre una calamidad espantosa. ¡La peor desgracia del mundo! ¡La pobreza! ¿Cómo no iba a ser guerrillero el hombre si estaba viendo que sus hijos se estaban muriendo de hambre? Y cuando iban a cagar cagaban lombrices. Yo agarro mi fusil y me voy a la verga. No lo espero dos veces. Ni tres. Ni necesitan convencerme mucho.

-Hoy la está viviendo.

-La estoy viviendo. En carne propia. Si algún día yo pudiera hacer algo por esa gente lo hago. Aún tomar las armas.

-Cómo da vueltas la vida.

-Ha dado vuelta mi vida. Terriblemente. Y he sufrido a la par de esa gente: que no hay maíz. Vayan a cortar guineos pues. En veces hay maíz y no hay con qué. Entonces a la tortilla hay que echarle sal. Entonces se come con sal. Y en veces no hay. Yo tengo una familia enfrente. A veces me dejan unas cuatro tortillas. Y si eso es ser comunista… Es comunista. En aquel tiempo para todos los que estaban es comunista. Que lo saca, lo trompea de la casa y decirle hijueputa vos andás con la guerrilla. Cambia la vida. Esto no es vida.

***

Debajo de la cama de Álex “El Ñoño” Cáceres hay dos botellas de whisky y tres de champán. Las esconde cada vez que se va de viaje, pero sus inquilinos saben perfectamente dónde encontrarlas. En esta casa de la colonia San Benito, los hombres que conforman el equipo de seguridad de Roberto d´Aubuisson pasan algunas noches aprovechando que el propietario vive en Miami.

Fernando “el Negro” Sagrera y el capitán Saravia destapan una botella de whisky y comienzan su propia fiesta. Su jefe se ha ido a San Miguel todo el fin de semana, a la casa de unos amigos. Aún no ha vuelto.

Afuera, en el parqueo y la caseta de seguridad de la casa, hay al menos 12 hombres esperando instrucciones. Es domingo, un día tranquilo para la fiesta pero agitado para la política porque es el día en que el arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero, celebra misa en catedral y aprovecha la homilía para hablar sobre la situación del país. “Se hablaba de que la homilía de Romero, que era un hombre que estaba alebrestando a la gente… Eso era comidilla del día en todos lados, la homilía de Romero”, recordará después el capitán Saravia.

Este domingo, 23 de marzo de 1980, monseñor Romero ha dicho unas cosas tremendas. Le habló a los soldados, a los guardias nacionales, a los policías… a todos los cuerpos de seguridad, para decirles que no deben matar a sus hermanos campesinos. Les dijo que la ley de Dios prohÍbe matar y que esa ley prevalece sobre cualquier otra. Que no deben obedecer ninguna orden de matar a nadie. “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión!”.

Para el grupo al que pertenecen los dos que ahora beben whisky escocés, estas palabras solo pueden provenir de un comunista. Y el comunista es el enemigo. Es hora de matarlo. Pronto. Aún hay whisky para rato, cortesía de Álex Cáceres.

***

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Temprano en la mañana del 24 de marzo de 1980, el capitán Eduardo Ávila Ávila entra a la casa de Álex “El Ñoño” Cáceres y despierta a Fernando Sagrera y al capitán Saravia. Lleva en la mano un ejemplar de La Prensa Gráfica, abierto en la página 20, como prueba de que hoy es un buen día para matar al arzobispo. Esa página repite varias veces los dos apellidos del capitán Ávila Ávila. El periódico anuncia una misa conmemorando el primer aniversario de la muerte de la señora Sara Meardi de Pinto. Su hijo, Jorge Pinto; sus nietos y las familias Kriete-Ávila, Quiñónez-Ávila, González-Ávila, Ávila-Meardi, Aguilar-Ávila y Ávila-Ávila, entre otras, invitan “a la santa misa que oficiará el Arzobispo de San Salvador, en la Iglesia del Hospital de la Divina Providencia, a las 18 horas de este día”.

El capitán Eduardo Ávila Ávila les informa el plan: en esa misa será asesinado monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez. Ya todo ha sido coordinado con Mario Molina y Roberto d´Aubuisson.

D’Aubuisson no está en esa casa. Se ha ido el fin de semana para San Miguel, a descansar a la casa de la familia García Prieto. Les dará las órdenes por teléfono. Ávila les notifica primero que ya tiene al tirador: un miembro del equipo de seguridad de Mario Molina; sólo necesita un vehículo. Eso les toca a ellos. “Mario Molina nos mandaba a pedir un carro… que había que contactar a Roberto (d´Aubuisson). El Negro Sagrera se puso a hacer unas llamadas y averiguó dónde se encontraba. Le hablamos por teléfono. El Negro Sagrera me dijo: ‘Quiere hablar contigo’ . Le dije ‘mire, mayor, ¿y de qué se trata esto? A mí me parece raro que nos vengan a pedir un carro’. Las palabras de él fueron: ‘¡Hacete cargo!’. Bueno, está bien, mayor, lo vamos a hacer. Pah. ‘Sí, ahí te lo voy a llevar, ¿a qué horas nos podemos juntar para darte el carro, pues?’, le dije (a Ávila). ‘Mirá -me dijo-, si con seguridad nos vemos unos... pongámosle una hora antes de la muerte de Romero’”. A las 5 de la tarde, en el estacionamiento del hotel Camino Real.

***

Mario Ernesto Molina Contreras nació en cuna de oro. Así se refieren a él y su familia oficiales activos y retirados del ejército. Hijo del coronel Arturo Armando Molina, uno de los militares más poderosos en El Salvador del siglo XX y que presidió el país entre 1972 y 1977, Mario Molina creció con las comodidades con las que crece el hijo de un presidente militar salvadoreño del siglo XX: con seguridad, impunidad y dinero asegurado; con el sello de nobleza militar; con viajes al extranjero; con los beneficios de ser la parte más alta de la escala social de los uniformados.

Hijo del coronel Molina y hermano del general Jorge Molina Contreras, que fue ministro de Defensa del presidente Antonio Saca, Mario llevó una vida privada y apartada de la disciplina militar.

En la Casa Presidencial de su papá conoció a dos hombres con los que pocos años después coincidió en los movimientos ultraderechistas y que terminaron también involucrados en el asesinato de monseñor Romero: Roberto d´Aubuisson revisaba y ordenaba los archivos de inteligencia y Álvaro Rafael Saravia formaba parte del equipo de seguridad de avanzada del presidente Molina.

En esa Casa Presidencial, según Saravia, se reunió un grupo de guardias nacionales que posteriormente conformaron el equipo de seguridad privado de Mario Molina y de donde salió el hombre que terminó con la vida de monseñor Romero. “Eran miembros numerarios de la Guardia Nacional que le daba protección al presidente de la República. Ahí estaba gente civil. No andaban uniformados. Acompañaban al presidente en las giras. Entonces Mario Molina era el hijo menor de ellos. Ya le quedaron específicamente a él de seguridad porque ya los conocía”.

Molina, mencionado en el informe de la Comisión de la Verdad y en el de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ha logrado mantener un bajo perfil durante todos estos años, alejado de la vida pública.

Su hermano Jorge, el ex ministro de Defensa, ni siquiera está seguro de que el hombre mencionado en el informe de la Comisión de la Verdad sea su hermano: “¿No será otro Mario Molina? Hay muchos que se llaman así”. El general informa que su hermano Mario se encuentra fuera del país.

Pocos de los involucrados han dado alguna vez su versión de los hechos. El capitán Ávila Ávila se pegó un balazo pocos años después; el mayor D´Aubuisson murió de cáncer y Mario Molina nunca ha contado su historia. Ahora habla Saravia, el lugarteniente de Roberto d´Aubuisson, quien confiesa su participación en el crimen y el involucramiento de su jefe.

***

La casa del empresario Roberto Daglio es, como varias de las casas de seguridad, un centro de diversión para algunos de los hombres que rodean al mayor D´Aubuisson. Aquí se realizan entregas de drogas, por las noches llegan camionetas con prostitutas y corren el alcohol y la cocaína. La seguridad hecha fiesta para treintañeros casados, armados y en plena fiebre anticomunista.

El dueño casi nunca está. Roberto “Bobby” Daglio, un hombre de negocios y piloto aviador, pasa la mayor parte del tiempo en Miami, Florida. Abrir su casa a los grupos ultraderechistas es solo una de sus muchas maneras de apoyar la lucha anticomunista desde la distancia.

Según documentos desclasificados del Departamento de Estado de Estados Unidos, Daglio pasó los primeros años de la década de los 80s reuniéndose en Miami con otros empresarios ultraderechistas en un grupo denominado “Miami Six”, que financiaba operaciones ilegales del grupo de D´Aubuisson. Ese grupo se dedicaba al terrorismo: ordenaba asesinatos, secuestros y la colocación de artefactos explosivos, financiaba a los escuadrones de la muerte y tenía como objetivo destruir cualquier intento de reforma en El Salvador y acabar con todos los comunistas.

Los otros integrantes de este grupo eran, según los documentos del Departamento de Estado que datan de 1981, el propietario de El Diario de Hoy (al que identifica en algunos documentos como “Viera Altamirano”, en otros como “Enrique Viera Altamirano” y en otros más simplemente como Enrique Altamirano, quien aún es director de El Diario de Hoy, el periódico de la extrema derecha salvadoreña); Luis Escalante; Arturo Muyshondt y los hermanos Salaverría (Julio y Juan Ricardo).

En Miami, Daglio fundó con Enrique Altamirano la “Freedom Foundation”, o Fundación para la Libertad. Contrataron a la consultora Fraser para hacer lobby en Washington. Fraser se comprometió a cambiar la percepción estadounidense sobre El Salvador, influenciada por “periodistas amarillistas” que titulaban sus notas sobre El Salvador con “el asesinato de monjas estadounidenses y fotos de militares salvadoreños cometiendo excesos”, y no por el “significante esfuerzo del sector privado por responder a las legítimas aspiraciones y deseos del pueblo salvadoreño”.

El 24 de marzo de 1980, en la casa de Daglio, en San Salvador, Saravia coordina la entrega del automóvil desde el cual se disparará contra el arzobispo. Es un Volkswagen Passat, rojo, cuatro puertas, donado a D´Aubuisson meses atrás por Roberto Mathies Regalado, propietario de la agencia Volkswagen, como un apoyo a la lucha anticomunista. Nadie recuerda a nombre de quién estaba matriculado ese vehículo. Sarava también tiene que localizar a Amado Garay, su chofer, para que conduzca el carro.

“Tenía que localizar a Garay, tenía que localizar en qué carro iba a ir… Y desgraciadamente fue en ese carro rojo. O el carro que hubiera sido se hubiera sabido. No sabíamos la planificación. Íbamos a entregar un carro. Claro, sabíamos para qué se iba a ocupar el carro”, recuerda Saravia.

A las 4:30 de la tarde, en el estacionamiento de la casa de Daglio, Amado Garay espera paciente indicaciones de su jefe. Una empleada doméstica se asoma por una puerta de servicio para ofrecerle un pan y un refresco. Saravia y Sagrera están adentro de la casa.

Pocos minutos después, Saravia le ordena que conduzca el Passat hasta el estacionamiento del Hotel Camino Real. Pero antes de que Garay se suba al carro, entra a la casa un hombre fornido, bajo y con voz ronca. Es amigo de Sagrera, pero ha llegado a recoger un encargo. Este es, probablemente, el momento más estúpido en la vida de Gabriel Montenegro. El momento más equivocado, en el lugar más equivocado y con el vicio más equivocado. Una torpeza que va a lamentar el resto de su vida.

Aquí interviene, entonces, su amigo Fernando Sagrera. Le pide que los lleve a entregar el carro. Y se van, los tres, detrás de Garay, al estacionamiento del Camino Real.

No hay mucha vigilancia en el estacionamiento del Camino Real. Es un lugar movido, pero en el que a nadie le extraña ver a hombres armados en marzo de 1980. No hay restricciones de ingreso y está bien ubicado. A veces, algunos desconocidos pasan arrojando cadáveres a la entrada del hotel, pero los tiran afuera, en la calle. No entran.

Ambos carros se estacionan. Garay se queda en el Passat rojo y Montenegro en la Dodge Lancer blanca. El capitán Saravia y El Negro Sagrera se bajan a encontrarse con cinco hombres que ya están ahí, en una camioneta blanca. Un hombre alto, delgado, barbado, se sube en el asiento trasero del Passat rojo. Lleva un fusil.

-Lo metieron al carro y ahí les dije: ‘Bueno, sacate al motorista porque el motorista lo voy a llevar yo’. No, pero es que no tenemos, que tiene que manejar, porque el carro pidieron ustedes, no, que no sé qué. Entonces se metió el Negro Sagrera, como siempre, en esa mierda… ‘Mirá, hombre, dale, que no sé qué, que ya están en esto, que no puede fallar este asunto’. Por último, ¡otra vez vuelvo a meter las patas yo! Al ver que iba a fallar todo… ¡Andate, pues! Entonces viene Garay y se va. Se van para la iglesia.

-¿Y usted se queda ahí?

-No. Nosotros nos vamos a buscar la iglesia. Porque no conocía ni el Negro ni el Bibi ni yo dónde quedaba.

-¿Quiénes van a buscar la iglesia?

-Los tres que estábamos en el carro. Encontramos la iglesia después de un rato y nos parqueamos enfrente. No enfrente, aquí (a un costado de la entrada).

-Y no lo habían matado todavía.

-No. Ahí estábamos parqueados nosotros, no habíamos pasado ni cinco minutos cuando se oyó el disparo. Si es que esos fueron llegando y matándolo.

-¡O sea que usted estaba enfrente de la iglesia cuando lo mataron!

-Sí, estábamos nosotros. Ahí estaba el Negro Sagrera, Bibi Montenegro y yo en la parte de atrás del asiento del carro.

-¿Y veía?

-No, no, no. Solo la entrada se miraba. Y el carro estaba parqueado, ese Volkswagen. El carro salió para abajo y dobló a donde estábamos nosotros. De ahí se perdió y nosotros dijimos vámonos.

-¿Y por qué decidieron ir?

-Bueno, nosotros fuimos… hasta imbécil parece ser tal vez… Por saber, por curiosidad, por ir a ver. Ridículo, ¿verdad? Ridículo.

***

Se presenta como un fascista. Lleva una gorra que dice “KGB. We are still watching you”, jeans y una camisa de leñador. Porta un bigote blanco y tupido, cuyos extremos rozan la barbilla, en un estilo que los expertos llaman “camionero” o “trailero”. Gabriel Montenegro, un hombre que lleva casi 30 años viviendo en Norteamérica, acude a la entrevista sin saber exactamente de qué vamos a hablar. “No soy nazi, soy fascista, que es distinto”, dice, para abrir el encuentro. “Creo en las organizaciones de los gremios, y controladas desde arriba. Como en los tiempos de mi general Maximiliano Hernández, que no había mareros. A los ladrones la primera vez el primer dedo. La segunda vez el otro, y así hasta la mano. A los violadores los castraban y a los asesinos les aplicaban la ley fuga”.

Cuando le digo que sé dónde estuvo él el 24 de marzo de 1980, su primera reacción es negarlo. “Eso es falso”, dice. Después pide acogerse a “la Quinta Enmienda”, una provisión estadounidense que da derecho a guardar silencio para no autoincriminarse. Comienza a ver nerviosamente a su alrededor. Con una paranoia que se contagia. Yo también comienzo a ver alrededor, buscando entre las mesas de esta cafetería una mirada torva ocultándose detrás de un periódico o alguien hablando solo, con la boca torcida y un alambre discreto alrededor de su oreja. No encuentro nada. Sigo la mirada de Montenegro, como quien busca algo en el cielo sólo porque la persona de al lado dirige su mirada hacia arriba. En una mesa contigua hay dos chicas que recién estrenan la mayoría de edad. Una lleva falda escocesa a cuadros y una camisa manga corta, blanca. La otra parece recién bañada, lleva jeans y una camiseta amarilla. Toman café y conversan como conversan todas las chicas de esa edad, con una seguridad adulta, madura para sostener el cigarillo y darle una bocanada, pero con la sonrisa naïf que devela que aún no han terminado de desarrollarse. Montenegro les fija el reojo. Las observa, intentando que ellas no vean que él las está viendo. A mí no me parecen agentes de nada, pero él sabe más que yo de estas cosas. Las colegialas se han convertido ya en sospechosas.

Montenegro enciende su tercer cigarro en 15 minutos, y yo comienzo a leerle el testimonio de Saravia. Da un trago a su botella de agua, observa con dureza a las agentes de la mesa contigua y fuma con intensidad. Le tiembla la quijada. Cuando termino, la sangre se le ha subido a la cabeza y parece que va a estallar en cualquier momento. “Llevo 30 años huyendo de ese día”, dice. En eso se parece al Capitán Saravia. “Ni siquiera mi familia sabe que yo estuve ahí. Pero no le voy a dar declaraciones”. Nos despedimos con su confesión sin narración. Al siguiente día, Bibi Montenegro llega al mismo café, pero dispuesto a contarme su 24 de marzo de 1980.

“Yo llegué a esa casa a recoger ciertas cosas que eran para mi consumo, ellos me pidieron un ride y yo se los di. Les dije hay que esperar a esta persona, me dijeron no te preocupés, aquí tenemos nosotros un poco, venite, danos el ride”.

Bibi Montenegro conduce su camioneta Dodge Lancer blanca hasta el estacionamiento del Camino Real. Anda armado con una Colt 45, y cargado con su medicina. A su lado, Fernando Sagrera. Ha traído un arma automática, una subametralladora Hechler & Koch MP 5. Atrás, un hombre del que Bibi Montenegro había escuchado muchas historias, pero al que mira por primera vez: Álvaro “el Chele” Saravia. Este lleva las dos pistolas que siempre carga: una en la cintura, 45 gold K, y otra en el tobillo, la 380. Cuando llegan al estacionamiento del hotel, Montenegro estaciona su camioneta muy cerca del Volkswagen Passat que conduce Amado Garay, y sus dos acompañantes se bajan a discutir con otros hombres. Bibi se queda en el carro, inspeccionando su medicina. Alcanza a ver a un hombre alto y barbado, con un rifle, meterse al Passat, y cuando Saravia y Sagrera regresan, el Passat arranca y se va. Montenegro y sus acompañantes deciden ir también a la Divina Providencia.

-Yo creí que se iban a dar verga con algún militar o algún hijueputa que lo cuidaban. Yo andaba preocupado por mi asunto que fui a traer y nada más -dice Montenegro.

Partieron a la colonia Miramonte y se detuvieron dos veces en el camino para preguntar dónde quedaba la iglesia. Cuando la encontraron, se estacionaron a unos 50 metros de la entrada, sobre la calle.

-Me miraban a mí bastante nervioso y yo les decía: ¡Puta, miren, aquí nos puede agarrar la policía con estas cosas y va a ser un problema!

Saravia y Sagrera volvieron a bajarse del carro. No llegaron hasta la puerta de la iglesia. A casi una cuadra de distancia, esperaron apenas unos segundos hasta que se escuchó el disparo que mató a monseñor Romero. Uno solo. Un estruendo que algunos de los presentes en la misa recuerdan como un bombazo. Una explosión potente, sin silenciador. Un estallido que Gabriel “Bibi” Montenegro no alcanzó a escuchar. Él seguía adentro del carro, concentrado en su medicina.

Saravia y Sagrera se subieron y la Dodge Lancer blanca, con Gabriel Montenegro al timón, partió de regreso a la casa de Roberto Daglio. El conductor no recuerda la conversación en el carro. “Yo iba tan fuera de mí, porque yo había estado tomando mi medicina, que yo no iba poniéndole atención a eso. Yo iba poniéndole atención a que no hubiera un retén. Y yo todavía pregunté: ‘¿Qué pasó?’ ‘No, nada, dale. Andá a dejarnos’. ‘¿Y ahí va a estar la persona?’ ‘Sí, hombre, no te preocupés, quedate con lo que te dimos.’ ‘Ah, vaya, vergón pues’”.

Tres décadas y ocho operaciones de corazón después, Gabriel Montenegro enciende otro cigarillo. Suspira y los ojos se le humedecen. Le tiemblan la quijada y el bigote. Aprieta los dientes. El cigarro parece sostenido por una mano con Parkinson. Tiene cólera, dice, contra los que le cambiaron la vida ese día. “Si yo hubiera sabido a qué íbamos, quizás no hubiera pasado. Hubieran sido otros los dos muertos”. Otros dos, en un carro en el que iban tres. “Hubiera hecho lo imposible por evitarlo. Sin embargo, como me tuvieron a mi de pendejo ahí, a un pobre adicto dándole su droga. Pero ahora tengo 27 años de estar limpio, gracias a Dios y de los amigos que están allá arriba”.

Según él, hasta el siguiente día se enteró de dónde había estado la tarde anterior. Supo que había ido a matar a monseñor Romero y se alejó para siempre de aquel círculo de salvadores de la patria, de drogas y prostitutas.

Le pregunto si alguna vez le reclamó a D´Aubuisson y a su gente por el crimen. “Sí. Se los reclamé. Y me recordaron que todos los días aparecía gente en las calles. Después en las noticias salió de un carro blanco. Entonces yo le hablé a una amistad y le dije ‘¡Puta, mi carro es blanco, cabrón!’… ‘Deshacete de ese carro y te damos otro’, me dijo. Y ahí cambió mi vida, pues”.

***

Fernando Sagrera y Álvaro Rafael Saravia eran inseparables. Así los recuerda Marissa d’Aubuisson, hermana de Roberto y creadora de la Fundación Romero. “A todos lados iban juntos, siempre los veía con Roberto”, dice. Saravia en el asiento de adelante, junto al mayor. Sagrera en el de atrás.

Una vez, coincidió con su hermano en la casa de su mamá. Afuera, en una camioneta Cherokee, Saravia vigilaba. Marissa se acercó a hablar con él. “Le dije que si estaba blindada y me dijo que sí, pero que la mayor protección era la pintura. ¿Por qué?, le pregunté. ¿Es antibalas? No, me dijo. Pero tiene tantas capas de pintura que ya resiste todo. Un día es gris y al otro día negra”.

Otro día, su hermano insistió en llevarla a su casa. Ella se negó, porque no creyó muy conveniente para su seguridad personal que los vecinos se enteraran del parentesco con el mayor. Pero ante la insistencia de su hermano, se subió a la camioneta. “No se podían poner bien los pies, porque venía forrada de armas”, dice.

Estacionaron el carro a varias cuadras. Sagrera y Saravia se bajaron, y caminaron con ella hasta su casa. En esos días los dos estaban gordos. El Chele y el Negro. “Es que Roberto no podía dar un paso sin que anduvieran estos dos atrás. Para todos lados iban juntos”.

***

Fernando Sagrera siempre ha sido hombre de llegar temprano a casa. A las 7 u 8 de la noche. No sabe qué hacían sus amigos después de esa hora, pero él, dice, jamás se metió en nada. Por eso le extraña que tres personas distintas -Amado Garay; el capitán Saravia y Bibi Montenegro- lo involucren con los hechos. “Yo no tengo nada que ver”.

Le extraña más aún el hecho de que estas tres personas no tienen comunicación entre sí, y que dos de ellas coincidan en su versión “difamatoria” justo 30 años después. Le extraña tanto, dice, como cuando lo interrogaron de la Comisión de la Verdad por este mismo crimen, y él les aclaró que no había tenido nada que ver, y aún así lo mencionaron en su informe. O enterarse, justo ahora, de que también es señalado en el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Pero todas estas acusaciones son falsas. ¿Dónde estaba, entonces, Fernando Sagrera, el 24 de marzo de 1980? “No me acuerdo. Si para mí es un día común y corriente. ¿Cómo me voy a estar fijando qué pasó?”

De Saravia nunca fue amigo, “porque estaba loco. Ese es un alcohólico demente”. Fue, eso sí, amigo de Roberto d´Aubuisson. Muy amigo. “Ese es mi pecado. A Saravia solo lo veía cuando me daban ride a algún lado”.

Tampoco ha matado a nadie, ni participó en operaciones clandestinas. “Fui borracho y pendenciero, eso sí. Pendenciero de esos de darse verga. Pero nada más”.

Sagrera tiene un rostro que no debió haber parecido inocente ni siquiera cuando era un bebé. El ceño fruncido, dos bolsas oscuras debajo de los ojos y un bigote cano componen la fachada de un hombre que durante toda su vida fue conocido como rudo, malencarado y poco sofisticado. “Siempre fue rústico”, dice un amigo suyo.

En 1979, cuando abrieron la pista de carreras de El Jabalí, Fernando Sagrera se asoció con Elías Hasbún y juntos formaron un equipo de autoracing que competía con un Aston Martin propiedad del terrateniente Juan Wright. El carro era ligero, y para llevarlo a la meta de salida Sagrera lo halaba con una cuerda y se paseaba frente a los pits de los demás corredores, amedrentándolos con el Aston Martin a cuestas. A su equipo de carreras, los demás competidores lo bautizaron como los “Really Rotten”, los verdaderamente podridos.

Tiene el cuerpo marcado por las huellas de una quemada. Cuando Napoleón Duarte ganó la presidencia sobre el candidato de Arena, que era Roberto d´Aubuisson, en 1984, Sagrera intentó hacer una barbacoa de documentos de la campaña, y el fuego se le vino encima. Tuvieron que llevarlo a Estados Unidos, a un hospital militar, a curarlo, a pesar de que él no era estadounidense y de que ni siquiera tenía visa de ese país. Lo metieron por el sistema militar.

Mientras estaba postrado, recuperándose, lo vinieron a interrogar hombres que, cree él, eran de la CIA. “Más que todo andaban detrás de las armas que entraban aquí a El Salvador, (creían) que yo las traía y yo las financiaba”. Ante la presión de los interrogatorios, dice, se fugó del hospital. “Para salirme del hospital me hice chero de un gringo, me fui a las 9 de la mañana y él me tuvo en su casa. Y me obligaron a venirme clandestinamente”.

Sagrera fue, según el capitán Saravia, “la única baja que tuvimos durante toda la guerra”. Además de la quemadura, Sagrera recibió un balazo que él mismo se pegó, sentado en una camioneta.

Sobre el asesinato de monseñor, Sagrera no recuerda mucho. A pesar de que antes ya ha dicho que le extraña haber visto su nombre en el informe de la Comisión de la Verdad, ahora dice que ni siquiera sabía que su nombre aparece en el informe de la Comisión de la Verdad. Porque no lo ha visto. “¿A usted no le sucede que cuando usted no tiene en algo que ver, usted no ocupa la palabra 'a mí me vale verga porque yo no tengo nada que ver en eso?'”

De Bibi Montenegro tampoco fue amigo. Le digo que yo sé que el 24 de marzo él iba en una Dodge Lancer blanca, rumbo a la iglesia de la Divina Providencia.

-Fíjese que no me cuadra. No me acuerdo, no tengo... no sé.

-Había una tercera persona en ese carro, un amigo suyo. ¿Lo recuerda?

-No.

-Bibi Montenegro.

-¿Este Montenegro de cuáles Montenegros?

-Bibi Montenegro, su amigo.

-Vaya le negaría que no... hoy ya me hizo clic, ¿veá? Sí lo conozco, pero no somos ni amigos ni nada. Yo lo he visto cinco veces en mi vida... tal vez, cuatro.

***

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Elías Hasbún recuerda con mucho entusiasmo los días de los “Really Rotten” en El Jabalí. Él y Sagrera, corriendo juntos, y el tercer amigo en el apoyo: Gabriel “Bibi” Montenegro. “Siempre llegaba, como éramos muy amigos, llegaba con su esposa a todas las carreras. El Bibi era como el fan del equipo, después nos íbamos juntos todos”.

Hasbún, conocido como “Urly” en el mundo de los automóviles, todavía corre y todavía, también, mantiene un tallercito especializado en autos de carrera. En 1980 el taller Voglione ocupaba un local alquilado en la colonia La Rábida de San Salvador, a una cuadra de la embotelladora Canada Dry. Ahí varios talleres operaban en el mismo espacio, abierto. Hoy ese edificio es la ampliación de la fábrica de plásticos Mondini. Ahí, asegura el capitán Saravia, llevaron el Passat rojo cuatro puertas desde el que fue asesinado monseñor Romero: “Se le dio la misión al Negro Sagrera, de decirle mirá que ese carro hijueputa que no… Que se bote, que se queme. Detrás de la Canada Dry hay una calle. En esa calle hay un taller. El Negro Sagrera dice que a ese se lo llevó. Que a esta persona de aquí se lo llevó para que lo destruyera”.

Hasbún dice que no recuerda quién llevó ese carro. “Sí me acuerdo que lo vi ahí, un Passat rojo. Nuevito. Un día llegó y después me enteré que estaba metido en lo de monseñor Romero, pero ya no pregunté más porque en esos días era peligroso andar averiguando. Me quedé calladito”. El carro, dice Hasbún, permaneció casi un mes en ese taller, hasta que un día desapareció y no supo nada más.

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Dos o tres días después del asesinato de monseñor Romero, el grupo de D´Aubuisson sostiene una reunión en la casa de Eduardo Lemus O´byrne. Saravia conoce de esta reunión, porque él mismo, saliendo de ahí, fue a pagarle al hombre que disparó contra monseñor Romero. Fue a pagarle por sus servicios.

“Yo no conocía al tirador. Ese día lo vi yo en el carro, meterse al carro de barba. Y después le fui a entregar yo personalmente los mil colones que le entregó, que los pidió prestados D´Aubuisson a Eduardo Lemus O´byrne. En la casa de él estábamos nosotros cuando llegaron a decirle que… ¡A cobrar! Y Roberto d´Aubuisson jamás manejaba dinero. Le prestó mil colones a este para entregárselos.”

Eduardo Lemus O´byrne es un conocido empresario salvadoreño. Ha sido presidente de la Asociación Nacional de la Empresa Privada, propietario de granjas avícolas y un hombre muy conocido en los círculos empresariales centroamericanos.

Fue un acérrimo enemigo de la reforma agraria, desde los tiempos del coronel Molina, y se acercó, casi de manera natural, al grupo de D´Aubuisson. De Saravia y Sagrera dice: “Esos eran unos matarifes. Yo con ellos nunca tuve nada que ver. Yo defiendo principios, pero estos se habían vuelto guerreros y mafiosos”. Asegura que nunca, nunca le dio dinero a D´Aubuisson y que, si le hubiera pedido mil colones para dárselos al asesino de Romero, sin duda lo recordaría. “Y no, no recuerdo esa reunión. Esa reunión nunca pasó”.

Lemus O´byrne se separó de D´Aubuisson y los fundadores de Arena poco después. El 14 de septiembre de 1982, su cuñado, Julio Vega, piloto aviador, desapareció en una pista aérea en Guatemala. “Creo que lo eliminaron porque andaba traficando armas para el FAN”, dice Lemus. El FAN era el Frente Amplio Nacional, un movimiento paramilitar dirigido por D´Aubuisson que sentó las bases de Arena.

La viuda de Vega se casó poco después con D´Aubuisson, y Eduardo Lemus O´byrne aún no descarta que haya alguna relación entre el homicidio y la relación amorosa. Solo eso explica que, cuando uno de sus amigos comenzó a investigar el crimen, pronto fue amenazada su vida: “Lo trató de matar el grupo de D´Aubuisson, Sagrera y Saravia. Entonces yo le dije a Roberto: conmigo no estés jodiendo, que yo sí te voy a quebrar el culo”.

El capitán Saravia insiste en que el dinero lo puso Lemus O´byrne. “Dio los mil pesitos. Yo mismo se lo fui a entregar. Llegué donde él y le dije, mirá, dice Roberto d´Aubuisson que no quiere saber ni mierda de vos, que te arreglés con tu jefe”.

El dinero se lo fue a entregar al estacionamiento de un pequeño centro comercial en el oeste de San Salvador, llamado Balam Quitzé. Ahí lo esperaba el tirador, ya sin barba, acompañado de Walter “Musa” Álvarez, un extraño hombre que murió asesinado poco después.

“Dio el pisto. Dio los mil pesitos, se los fui a dejar yo y le dije lo siguiente. ¡De ahí yo jamás! De ahí lo empecé a ver a este, a cómo se llama, al, al… llegaba a las oficinas de Daglio, así pasaba. Y (Jorge) “el Chivo” Velado ya era un hombre de edad, andaba con él exhibiéndose. El tipo en la calle y él manejando. Y no sólo lo vi yo, pues. Y le ha de haber dicho a la gente “este fue el que lo mató”. Él sabe los movimientos correctos de él”.

Jorge Velado es ya un hombre mayor. Fue fundador de Arena y trabajó al lado de D´Aubuisson durante muchos años. Pero eso, dice Velado, nada tiene que ver con el asesinato de monseñor Romero. Solo después de varias semanas de intentos de hablar con él, Velado acepta hacerlo brevemente y por teléfono. “Yo no conocí a ese Saravia, y no me anduve paseando con nadie nunca. Yo de eso no tengo nada que decir”.

***

Marissa d´Aubuisson recuerda otra escena: pocos días después de la muerte de monseñor Romero, comenzaron a circular los rumores de que Roberto d´Aubuisson había ordenado el asesinato.

Su hermana mayor decidió averiguarlo y confrontó al hermano paramilitar. “Roberto, dicen por ahí que vos tuviste algo que ver con la muerte de Romero”. El mayor D´Aubuisson respondió: “Mirá, mejor callate si no sabés, porque al que mató a ese hijueputa le van a hacer un monumento”.

El asesinato, y los rumores del involucramiento de D´Aubuisson en los escuadrones de la muerte, ayudaron a consolidar su liderazgo entre las filas de la extrema derecha salvadoreña, y lo convirtieron en ícono de la lucha anticomunista.

Algunos años después de participar en el asesinato de monseñor Romero, el mayor Roberto d´Aubuisson se convirtió en candidato presidencial, presidente de la Asamblea Constituyente de 1985 y figura mítica, padre y guía de la derecha salvadoreña. El partido que fundó, Arena, gobernó El Salvador durante 20 años, hasta que en marzo de 2009 fue derrotado en las urnas por la ex guerrilla, el FMLN.

Saravia, trastornado por el giro que ha dado su vida y su contacto directo con la pobreza y la marginalidad, ha cambiado ya también su manera de ver el mundo. Ahora quisiera fusilar al mismo hombre al que él le entregó mil colones. “¡Que lo fusilen!… Porque no hay pena de muerte en El Salvador, pero merece la muerte. Quisiera creerlo así y quisiera confrontarlo. Porque él sabe. Y si está vivo, ¿qué mejor que agarrarlo?”

Sobre la participación de Roberto d´Aubuisson: “Me dijo: ‘Hacete cargo’. Hacete cargo de entregar el carro, pues. ¿verdad? Ahora, que a la larga, ¿sabe qué pensé yo? Esa fue una orden de matar, pues. ¿Verdad? Yo lo pensé. Yo lo pensé. Yo no sé ciertamente si D´Aubuisson se metió en ese asunto y el pendejo fui yo, que en todo estoy yo, sabiendo lo que sé y lo que le estoy contando quiero saberlo también, y si no me cago en la madre de D´Aubuisson yo. ¿Ah? Por lo menos tengo más…”.

El padre Jesús Delgado, biógrafo de monseñor Romero y quien desde hace años promete que algún día, en un libro, revelará quiénes ordenaron el asesinato del arzobispos, asegura que el mayor Roberto d’Aubuisson fue solo una pieza operativa, no el autor intelectual del asesinato. “A Duarte se le hizo muy fácil descargar toda la responsabilidad en una sola persona. D’Aubuisson sí participó, pero no lo ordenó”, dice.

Con el capitán Saravia pactamos un nuevo encuentro en una cafetería de pueblo. Cuando él llegó, me encontró sentado a una mesa justo debajo de un cuadro que representaba la última cena. Se detuvo a verla.

-¿Por qué se vino a sentar aquí?

-Era la única mesa que quedaba libre, capitán.

-¿Ya vio? Se vino a sentar debajo de la última cena. Eso tiene que ser una señal.

Me dijo que quería una foto bajo la última cena, y se la tomé con un celular. Abusé y le pedí que posara frente al cartel de Se Busca en el que aparecía su foto, y aceptó. Ya en esas, le dije que la próxima vez vendría con un fotógrafo, y aceptó también.

La última vez que nos reunimos, recién había terminado una labor agrícola que le dejó unos cuantos reales machete en mano. Lo encontramos rasurado, con el cabello recién cortado y unas gafas nuevas. “Ahora sí, tómenme las fotos que quieran”.

Aprovecho para ponerle la grabación de la última misa de monseñor Romero. El capitán frunce el ceño, y escucha atento. Monseñor dice sus últimas palabras: “Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza, a este momento de oración por doña Sarita y por nosotros”.

Se escucha una explosión y el capitán Saravia se estremece. Da un pequeño brinco en la silla. Una corriente eléctrica recorre su cuerpo y se detiene en sus ojos, que ahora sí se abren completamente detrás de sus gafas nuevas y se humedecen. Me mira fijamente sin decir nada por un par de segundos. Respira profundamente.

-¿Ese es el disparo?

-Sí, capitán. Ese es el disparo.

Fuente: Elfarno.net - Vos el soberano

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Hay que temerle a Micheletti

Víctor Manuel Ramos

El gobierno de Nicaragua, con sumo tino, ha impedido el ingreso de Roberto Micheletti. “Daniel Ortega me tiene terror”, ha respondido el héroe hondureño del siglo XXI, indignado porque no se han respetado sus derechos humanos. ¡

El violador de los derechos humanos exige que le respeten sus derechos humanos! Igual cosa quizá tenga que decir de Barack Obama, presidente de Los Estados Unidos, o de la secretaria de Estado de ese país, Hillary Clinton, por haberle retirado la visa norteamericana.

El defensor de Micheletti, Christian Lüt, de la Fundación Naumann, organismo de la ultraderecha alemana, se suma al asombro de Micheletti y, sin asomo de vergüenza, pregunta: ¿cuáles son los delitos que se le imputan (AL DICTADOR) para evitar que circule por Nicaragua, ya que ni siquiera en Honduras, a pesar de enfrentar señalamientos por violación de los derechos humanos, existe alguna resolución en firme contra el vicepresidente de la Internacional Liberal?


Yo repito: hizo bien Daniel Ortega en impedir que Micheletti llegue a su país. Y, también, hace bien en temerle. Micheletti es el responsable del golpe militar de Estado en Honduras, el pasado 28 de junio de 2009, en que derrocó al presidente constitucional José Manuel Zelaya Rosales, violentando la Constitución de la República y violando los derechos humanos de Zelaya Rosales, al apresarlo y expatriarlo sin ser sometido a un justo proceso judicial, que determinara si era o no culpable de lo que se le imputaba.

Posteriormente, instalado de manera fraudulenta en la Presidencia de la República, desató una ola de represión en contra del pueblo opuesto al golpe de Estado que produjo los más inauditos atropellos en contra de los hondureños opuestos a sus acciones ilegales. De esta represión tenemos como resultado: miles de compatriotas garroteados por la policía y los militares, miles de compañeros hechos prisioneros ilegalmente, varios centenares de compatriotas torturados, varias mujeres violadas y maltratadas sexualmente –incluido el hecho de que algunos soldados les metieron el tolete en la vagina a estas mujeres-, varias emisoras y canales de televisión clausurados violentamente, más de un centenar de hondureños asesinados por la policía, por los militares y por los paramilitares por participar en la Resistencia Patriótica en contra del golpe de Estado, varios decretos represivos que suprimían las garantías individuales que el pueblo se ha otorgado mediante la Constitución. Él es culpable de todos estos delitos que han sido comprobados por la Comisión de Derechos Humanos de la OEA y por el Alto Comisionado de los Derechos Humanos de la ONU. Estas, igualmente, fueron las razones por las cuales Honduras fue expulsada de la OEA, señalada por la ONU y no reconocida por muchísimos países y organismos internacionales. Esa ola de represión aún no cesa y, frente a los señalamientos hechos por los organismos nacionales e internacionales que defienden los derechos humanos, en esta semana, precisamente, se han asesinado activistas del Frente de Resistencia Nacional y campesinos que luchan por la recuperación de la tierra.


Estos nombres no deben dejar dormir a Micheletti. Estos son algunos de los muertos de su heroica batalla: Julio Flores Benítez, Renán Fajardo, Walter Tróchez, Eliseo Hernández Juárez, Olga Osiris Uclés, Mateo Antonio Leiva, Mario Fidel Contreras, Wendy Elizabeth Ávila, Marco Antonio Canales, Jairo Sánchez, Elvis Jacobo Euceda, Francisco Alvarado, Félix Murillo López, Ismael Padilla, José Milton Rodríguez, Jonatán Osorio, Juan Gabriel Figueroa, José Miguel Osorio, Pedro Pablo Hernández, Martín Florencio Rivera, Roger Abraham Vallejo, Ramón García, Vicky Hernández, Pedro Magdiel Muñoz, Anastasio Becerra, Roger Iván Bados, Alexis Fernando Amador, Gabriel Fino Noriega, Isis Obed Murillo,… Y hace un par de días, Francisco Castillo y muchos más.

En Honduras, en donde se le ha declarado Héroe nacional, a pesar de los señalamientos por violación de los derechos humanos que enfrenta, no se le ha sometido a la justicia, porque el aparato judicial es corrupto y está aliado con sus crímenes de lesa humanidad. No es por tanto extraño que Los Estados Unidos, a pesar de su actuación hipócrita en relación con el golpe de Estado, quiera lavar la cara del actual régimen mediante la exigencia de que sean destituidos los Magistrados de la Corte Suprema, el Fiscal General y los Jefes militares corresponsables de estos crímenes.

Para rematar los hechos, luego de que Micheletti se alejara del Palacio presidencial, humillado, con la cola entre las patas, jorobado por las falsas chapas de las aduladoras condecoraciones que le impusieron los beneficiados económicamente con el golpe de Estado, se han destapado todos los hechos de corrupción que cometió este deudor de la justicia, que condujo al país a perder sus reservas internacionales y a la firma de contratos fraudulentos, a la reactivación de la fórmula para la comercialización de los derivados del petróleo que favorece a las transnacionales y daña al pueblo hondureño y su economía, a la entrega de la Represa José Cecilio del Valle, a la clonación de La Gaceta, y a muchísimos actos de corrupción, que ahora le deberían impedir levantar la frente, ante la opinión del pueblo hondureño. El que salió a salvar a Honduras, más bien la hundió.

Hizo bien Ortega, al impedir que un delincuente, con cuentas pendientes, no con la justicia hondureña, porque aquí no hay justicia, sino con el pueblo hondureño, se paseara, como si nada debe, por el suelo de Rubén Darío, de César Augusto Sandino y de Fonseca Amador.

Hizo mal, porque hubiese sido la oportunidad para ponerlo en chirona y depositarlo, para su juzgamiento, a la orden de los Tribunales internacionales que, muy pronto, le abrirán un expediente por delitos de lesa humanidad, frente a la indiferencia de la justicia hondureña.

Fuente: Tiempo.hn

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El retorno de Manuel Zelaya Rosales

Juan Antonio Martínez H.

Quien primero anunció el pronto regreso del ex presidente Zelaya a nuestro país, fue el presidente salvadoreño don Mauricio Funes, quien además informó que tal prerrogativa se daba en el marco de un compromiso adquirido por el presidente hondureño, don Porfirio Lobo, con la señora Hillary Clinton y los presidentes centroamericanos, cuando se reunieron en Guatemala a principios de marzo.


La noticia en sí no tuviera mayor trascendencia, si no estuviera precedida por los controversiales hechos ocurridos, antes y después del 28/6/09, en los cuales Zelaya tuvo un protagonismo relevante, para algunos como villano, para la mayoría como víctima de una conjura, orquestada por poderosos grupos económicos, políticos ambiciosos y militares deliberantes.


Como para que no quedara duda alguna, el propio presidente de la República, don Pepe Lobo, se encargó de confirmar la noticia, que a no dudar, provocó escozor en más de alguno de los enconados golpistas, que más que tenerlo cerca, quisieran verlo arder en las oquedades malditas del infierno. Otros, sin embargo, lo esperan con los brazos abiertos.


¡Mel puede regresar a Honduras cuando lo desee, sin ser perseguido políticamente, porque nadie le puede negar el derecho de entrar a su país!, expresó categóricamente el mandatario a un enjambre de periodistas que lo asediaban para interrogarlo sobre las declaraciones del presidente Funes de El Salvador. Y todavía fue más contundente al expresar: “Él puede retornar al país, cuando quiera y debe ser tratado con la dignidad de un ex presidente”.

Expresa el final de esta frase, un tácito reconocimiento al tratamiento de respeto que debe guardársele a la persona que ha desempeñado la más alta magistratura de la nación por la voluntad soberana del pueblo y que, en boca del ciudadano presidente, se convierte, prácticamente, en una sentencia.


¿Quién le puede negar al ex presidente Zelaya el derecho de entrar a su patria?, les preguntó el presidente a los periodistas, que aún no asimilaban la noticia. El solo recuerdo de los aciagos días después del golpe, cuando el entonces, presidente Zelaya, intentó inútilmente retornar al país por el aeropuerto Toncontín, los hacía dudar. En esa ocasión, las armas al servicio de la “dictadura constitucional” se lo impidieron, ocasionando de paso, el primer mártir de la resistencia popular.


En este punto surge otra interrogante: ¿Estarán dadas las condiciones para un retorno pacífico del ex presidente Zelaya al país, cuando todavía subsisten algunos poderes dictatoriales, rescoldo de la pasada administración golpista? Al parecer no, porque contrariando lo que expresa su jefe, el Ministro de Seguridad dice estar listo para apresar a Zelaya, al sólo poner un pie en el territorio nacional. ¿Es esta la dignidad con la que debe ser tratado el ex mandatario cuando regrese al seno de la patria?


No dudamos, que si en el país privara un Estado de Derecho, justo, equitativo e imparcial, donde, tanto el Ministerio Público como la Corte de Justicia, ejercieran sus funciones con estricto apego a la ley, sin inclinaciones sectarias de ninguna naturaleza, ni obedeciendo consignas de intereses particulares, el ex presidente Zelaya no vacilaría ni un instante en presentarse a los tribunales para responder a las acusaciones vertidas en su contra.


No para limpiar su imagen, porque ante los ojos del pueblo hondureño, la figura del ex mandatario está libre de pecado. El cieno de la difamación lo lanzó la jauría de golpistas con el pretexto de asaltar el poder público y justificar la implacable persecución en su contra, auxiliados en esta infame tarea por los medios de comunicación del poder económico y periodistas tarifados que sirvieron como cajas de resonancia.


Negar que la campaña difamatoria contra el ex presidente Zelaya no tuviera efecto entre un sector menos informado y menos consciente de la sociedad hondureña, sería mentir. Pero para las mayorías, Manuel Zelaya Rosales sigue siendo un líder de dimensión nacional e internacional y, con el mismo fervor y cariño que le tributó cuando lo despidió en el aeropuerto Toncontín, con esa misma emoción lo va a recibir cuando regrese a la patria.


Porque según lo ha expresado en reiteradas ocasiones, se siente limpio de culpa de todas las acusaciones que sus adversarios le hicieron en su momento, para justificar el golpe de Estado.

Fuente: tiempo.hn

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En La Ceiba se presentan las “Crónicas del golpe de Estado”

Contribuyendo con la historia nacional
La Ceiba, Atlántida.- Sábado 13 de marzo de 2010. El libro “Crónica del Golpe de Estado” del escritor nacional Jorge Miralda fue presentado el pasado viernes 12 de marzo de 2010 en la ciudad de La Ceiba, costa norte de Honduras.
El libro de Miralda, que se vuelve obligatorio en la historiografía nacional, recoge la lucha del pueblo hondureño a partir del golpe de Estado ocurrido el pasado 28 de junio cuando los militares, con el apoyo de los empresarios y políticos secuestraron y expulsaron hacia Costa Rica al presidente José Manuel Zelaya Rosales.

En las instalaciones de la “Champa Swinford” los asistentes pudieron escuchar del autor los riesgos enfrentados personalmente y por el pueblo hondureño en su lucha por derrotar el golpe de Estado y recuperar la democracia.

El libro de 400 paginas recoge los testimonios de un pueblo que se enfrentó con las “uñas” a la fuerza desproporcionada que usaron los militares y policiales durante los primeros seis meses para sostener al régimen de facto de Roberto Micheletti Bain en la casa de gobierno.

El autor arriesgo su vida en estas jornadas y por ello su libro no deja de ser un testimonio desde las primeras filas del campo de batalla; en sus relatos es casi posible oler el gas pimienta de los represores o escuchar el llanto de los reprimidos cuando recibían de las “autoridades” los peores abusos que se pueda imaginar el ser humano.

Jorge Miralda sabe rescatar en su libro y para la memoria histórica del pueblo hondureño las figuras mas destacadas de estas heroicas jornadas, las que no ocuparon ni ocuparan las paginas de los diarios que apoyaron el golpe de Estado.

“Crónicas del Golpe de Estado”, de Jorge Miralda, es sin duda un libro recomendado para entender la historia que se esta construyendo en el siglo XXI y se vuelve un texto obligatorio para los alumnos y maestros de las escuelas e institutos del país.

La presentación del libro “Crónicas del golpe de Estado” en La Ceiba fue posible a la gentiliza del autor y al voluntariado de varias compañeras y compañeras que se encargaron de todos los detalles del evento.

Jorge Miralda es Secretario de Actas de la Unión de Escritores y Artistas de Honduras (UEAH) y recientemente denunció que desde el 28 de Febrero está recibiendo amenazas de muerte por su trabajo de cronista y su vinculación al Frente Nacional de resistencia Popular (FNRP). (EMC)

Fuente: Honduras Laboral

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Toda nuestra solidaridad con el compañero periodista noruego-hondureño DICK EMANUELSSON

Responsabilizamos al "gobierno" heredero del golpismo Porfirio Lobo y al gobierno de Álvaro Uribe por la seguridad de Dick y de cualquier miembro de su familia.

Dick es objeto de graves acusaciones que son publicadas en páginas oficiales colombianas.

Alertamos por la seguridad del compañero e instamos al periodismo serio y honesto internacional a solidarizarse y tomar acción ante esta delicada situación del compañero.

Adelante Dick estamos con vos!

Colectivo de emergencia informativa
Honduras en lucha!

Fuente: dickema - Youtube.com

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Que la TEORÍA se convierta en PRÁCTICA POLITICA

Los movimientos sociales y la izquierda hondureña que luchan por derrotar al neoliberalismo, están enfrentándose a dificultades para desarrollar una estrategia de lucha a partir de la práctica, será el problema que existen grupos empecinados en buscar su refugio en la teoría y en posiciones poco críticas que tienden a ser doctrinarias y no dan lugar a otras alternativas.

En América Latina, los procesos de superación real del neoliberalismo, introdujeron temas alejados de la dinámica de la reflexión académica, como el de los pueblos originarios y los estados Plurinacionales, la nacionalización de los recursos naturales, la integración regional, el nuevo nacionalismo y el post neoliberalismo, que están muy alejados de los que suelen abordarse en los cursos universitarios y de aquellos privilegiados por las instituciones de fomento e investigación.
Si la ultra izquierda disfrazada de intelectualidad académica no se da cuenta que los procesos históricos reales no corresponden a los sueños de revolución construidos con el impulso de otras eras, pero que es importante descifrar la historia contemporánea con sus enigmas específicos, es decir intentar reconocer los signos del nuevo cambio latinoamericano, quedaran relegados a los compendios a los que son reducidos los textos clásicos por las manos poderosas y sectarias de quienes tienen miedo a la historia.
Se debe entender que refugiarse en los textos clásicos es el camino más cómodo, pero también el mas seguro para la derrota. Las derrotas no se explican por razones políticas, sino morales y la “traición” es la más común.
La defensa de los principios supuestamente contenidos en los textos de los clásicos parece explicarse por sí misma, pero no da cuenta de lo esencial: ¿por qué las visiones de la ultra izquierda, doctrinarias, extremistas, nunca triunfan, nunca consiguen convencer a la mayoría de la población, nunca construyeron organizaciones que estén en condiciones de dirigir los procesos revolucionarios. Se identifican con los grandes balances de las derrotas, pero nunca conducen a procesos de construcción de fuerzas políticas revolucionarias. No es casual que su horizonte acostumbre ser la polémica en el interior de la ultraizquierda y las críticas a los otros sectores de izquierda, sin protagonizar grandes debates nacionales, sin enfrentar centralmente a la derecha o participar de la disputa hegemónica. Aquellos que sólo aparecen en los espacios públicos para criticar a los sectores de izquierda, muchas veces valiéndose de los espacios mediáticos de los órganos de la derecha, perdieron de vista a sus enemigos fundamentales, los grandes enfrentamientos con la derecha.
El post neoliberalismo trajo nuevos desafíos teóricos que, por las nuevas condiciones que las luchas sociales y políticas enfrentan en el continente, iluminan una práctica necesariamente novedosa y, más que en cualquier otro momento, requieren reflexiones y propuestas estratégicas orientadas según las coordenadas de las nuevas formas de poder. Las propuestas del grupo boliviano Comuna, son una excepción: constituyen el conjunto de textos más rico con que cuenta la izquierda latinoamericana, un ejemplo único en su historia por la capacidad de conjugar trabajos académicos y análisis individuales de gran creatividad teórica -de autores como Álvaro García Linera, Luís Tapia, Raúl Prada, entre otros, a intervenciones políticas directas. En estas condiciones, García Linera se convirtió en vicepresidente de la República y Prada fue un importante parlamentario constituyente.
El desafío es encarar las contradicciones de la historia en las condiciones concretas de los países de la América Latina de hoy y desentrañar los puntos de apoyo para así construir el post neoliberalismo. El grupo Comuna supo hacerlo porque releyó la historia boliviana, en especial a partir de la revolución de 1952, descifró su significado, hizo las periodizaciones posteriores de la historia del país, comprendió los ciclos que llevaron al agotamiento de la fase neoliberal, consiguió deshacer los equívocos de la izquierda tradicional en relación con los sujetos históricos y realizó el trabajo teórico indispensable para concertar el casamiento entre el liderazgo de Evo Morales y el resurgimiento del movimiento indígena como protagonista histórico esencial del actual período boliviano. Pudo así recomponer la articulación entre la práctica teórica y la política, y ayudar al nuevo movimiento popular a abrir los caminos de lucha por las reivindicaciones económicas y sociales en los planos étnico y político.
Ese trabajo teórico es indispensable y sólo se puede hacer a partir de las realidades concretas de cada país, articuladas con la reflexión sobre las interpretaciones teóricas y las experiencias históricas acumuladas por el movimiento popular con el paso del tiempo. La realidad es implacable con los errores teóricos. La América Latina del siglo XXI requiere y merece una teoría a la altura de los desafíos presentes.
El Movimiento popular Hondureño debe lograr ser un movimiento amplio, incluyente, participativo y no discriminativo.
Principalmente el radicalismo o ultra izquierdismo debe entender que: Fidel Castro no es Lenin, el Che no es Trotsky, Hugo Chávez no es Mao Tsé-Tung, Evo Morales no es Ho Chi Minh y Rafael Correa no es Gramsci. Estas Son personas que supieron leer las necesidades y anhelos de todo un pueblo y lideraron los cambios y los plasmaron en la realidad de manera práctica, organizando a su pueblo y conduciéndolo a la victoria.
Cuando esto este claro, entonces el Movimiento Popular Hondureño, tomara el rumbo adecuado y correcto para lograr el triunfo a través de la organización de todos las comunidades, barrios, aldeas y caseríos de Honduras.
“El Pueblo Unido Jamás será vencido”
E l Paso de construir una sede del frente Nacional de Resistencia Popular a partir de un proceso colectivo de trabajo, con el aporte de mano de obra de mas de 18 compañeros y compañeras, con el aporte económico de mas de 53 compañeros y compañeras, 4 Frentes Municipales y 1 compañero del Frente de Resistencia de Miami, nos enorgullece, por ser un proceso del pueblo para el pueblo.
Este es un ejemplo de un reto colectivo, logrado con trabajo colectivo, no es simple teoría dogmatica es práctica popular.
La Casa del Frente Nacional de Resistencia Popular del Departamento de Yoro, La casa de la democracia Participativa, Incluyente y no discriminativa es hoy una realidad, no esta en un texto, esta en la práctica, el pueblo avanza y nadie lo detiene.
Gracias noble pueblo en lucha por tu contribución a este nuevo logro del FNRP. El que produzca los frutos para la que fue concebida, es tarea de todos.
Una Honduras libre y soberana, se la construye entre todos, con arduo trabajo.

La Constituyente Incluyente nadie la detiene

El Frente Nacional de Resistencia Avanza y nadie lo detiene.
Fuente: elprogresoresiste.codigosur.net
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Antecedentes y crisis del bipartidismo ante el Movimiento de Resistencia Popular

Por Edgar Soriano Ortiz

Haciendo una breve retrospectiva nos encontramos con una Honduras que evolucionó durante el siglo XIX en medio de distintos conflictos intestinos, donde el localismo regional configuró el espacio de dominio sociopolítico. Las máximas figuras surgidas en este escenario histórico fueron los caudillos, que con herencia colonial se consolidaron con el establecimiento y fortificación de milicias. Los caudillos o caciques pasarían a cubrir los vacios de poder y las incapacidades de centralización política en el naciente país, convirtiendo la sociedad hondureña en protagonista de odios y sangre ante las sistemáticas confrontaciones armadas. Hacia la segunda mitad del siglo XIX el panorama era poco esperanzador frente a las interminables montoneras armadas, que deponían y hacían retroceder presidentes; a tal grado que el despacho presidencial, muchas veces, dependía de las “alforjas a lomo” de mulas y caballos, que emitía decretos de diferentes lugares (de La Paz o Pespire, por ejemplo). Al presidente José María Medina le tocó afrontar la inestabilidad y este obró de forma radical con el objetivo de aplacar las constantes insurrecciones, y Marco Aurelio Soto tendría con ayuda del Guatemala que someter a las comandancias de armas para poder continuar el proceso de Reforma Liberal, estabilidad ligeramente mantenida por Luis Bográn. Sin embargo la breve quietud de la década de 1880 se vería sacudida con las guerras intestinas de los 1890, donde tendrían el nacimiento político los tres caudillos aliados (Policarpo Bonilla, Manuel Bonilla y Terencio Sierra) que lograron derrocar a Domingo Vásquez. Pero al entrar el siglo XX llegarían las elecciones de 1902 que tendría el fatal rompimiento de los tres caudillos. Por lo que Manuel Bonilla lanzó su candidatura (fundando el denominado “manuelismo” que llegaría a convertirse en el partido Nacional posteriormente) y logró derrocar a Arias, pero los otros dos grandes caudillos no estaban dispuestos a entregarle el poder. De esa manera a principios de 1903 el país vivió una cruenta guerra civil que tendría funestas consecuencia de muerte y odio, a tal grado que a Manuel Bonilla no le basto controlar el gobierno, pues dio un golpe de estado de palacio al disolver el congreso, apresando a Policarpo Bonilla y demás diputados opositores.

En dicho contexto las primeras décadas del siglo XX estuvieron marcadas por una serie de revueltas armadas que bañarían de sangre la nación. La intransigencia y la sed de poder sectario de los distintos caudillos conllevaría a fuertes diferencias entre caciques al interior de cada movimiento, tal fue el caso de Bertrand y su compañero del partido Nacional Alberto Membreño en 1919; así mismo el general Rafael López Gutiérrez tendría rupturas en el partido Liberal con Vicente Tosta y Gregorio Ferrera en 1924. Hasta este momento el bipartidismo no se había consolidado pese a las sistemáticas injerencias de Washington. Pues Estados Unidos venía entrometiéndose en los asuntos del istmo centroamericano de forma consistente desde 1907, pasando por las exigencias diplomáticas en la Primera Guerra Mundial y en 1923 impuso los tratados de Washington. Sería después de la montonera armada de 1924 en que se fortalecería potentemente el sistema bipartidista, primero los nacionalistas se unieron en el entorno de Tiburcio Carías Andino. Este último mantendría el control del partido Nacional y del gobierno nacional, estructurando el monopolio partidista que se extendió hasta la década de 1950. Mientras tanto el partido Liberal tardaría un poco más frente a la incapacidad de unificar con la muerte de Tosta en 1930 y la rebeldía de Ferrera.

Pero el bipartidismo tendría una nueva faceta a partir de la década de 1950, pues las política de injerencia estadounidense llevaría a dos posiciones claras para mantener el statu quo en el subcontinente iberoamericano, la primera el de evitar que continuaran las dictaduras que ellos mismo había apoyado en las décadas atrás para remplazarlas por nuevos presidentes afines (sin importar que pertenecieran al mismo movimiento de los dictadores) y la otra fue la tecnificación de los ejércitos nacionales. En el caso hondureño tenemos como Carías Andino le entregó a Juan Manuel Gálvez perteneciente a su mismo partido, y luego se hizo del poder otro funcionario nacionalista, Julio Lozano Díaz. Pero la situación era insostenible y los liberales que para entonces habían logrado avanzar negociaron cuotas de poder con el recién modernizado ejército y llegaron a la presidencia mediante elecciones, después del golpe de Estado de 1956. Pese a las rivalidades sectarias al interior de Honduras los Estados Unidos estaban decididos a apoyar a los militares que alcanzaron un poder sin precedentes desde la década de 1960, deponiendo Presidentes en golpes de Estado, golpes de “barraca” y elecciones fraudulentas. Así mismo, lograr la fidelidad en beneficio de los intereses del capital extranjero y de la política de “seguridad nacional” impulsada por Washington.

Al iniciar la década de 1980 la situación en Centroamérica se incendió tras el triunfo sandinista, la dura guerra civil en El Salvador y la guerrilla guatemalteca. Por lo que en Honduras la política estadounidense logró que las FFAA y los grupos políticos tradicionales convocaran a una constituyente que garantizara el control del bipartidismo y el servilismo militar. Fue así que se estructuraría de forma más solida el bipartidismo que bajo el estandarte de “paz y democracia” serviría de escalón para consolidar los grupos económicos que pasarían a ser la oligarquía actual. Aunque la constitución plantea una serie de posibilidades democráticas no ha sido respetada por políticos que trabajan en beneficio de una clase empresarial que tiene como objetivo destruir las empresas estales para convertirlas en patrimonio privado (políticas neoliberales); así mismo el tener un total monopolio de la producción, las exportaciones e importaciones del país. Con un sistemático control mediático (el control de los medios de comunicación esta manos de pocas familias: Ferrari, Canaguati Larach, Rosenthal, Flores Facuse, Asfura entre otros) se violenta la constitución y se ultrajan los derechos más fundamentales de los hondureños y hondureñas. Un ejemplo claro de lo anterior es truncar las posibilidades de desarrollo productivo de los pequeños productores, crecimiento cooperativista, el derecho a las tierras de campesinos y grupos étnicos, pequeños comerciantes, el acceso a los servicios públicos fundamentales, la casi inexistente libertad de expresión y todas aquellas violaciones y asesinatos impunes a través de los años.

Pero cuando parecía ser que el bipartidismo continuaría, según algunos analistas por 50 años más, Manuel Zelaya electo presidente para el periodo 2006-2010 iniciaría una serie de alianzas con diversos sectores de la sociedad para tratar de plantear reformas que llevarían a la convocatoria de una nueva asamblea nacional constituyente que garantizará mejores posibilidades de participación ciudadana. Pero la lucha de poder se inició desde los primeros días de Zelaya en la presidencia nacional, cuando este último decidió no obedecer las directrices de los grupos fácticos; a tal grado que desde el 2007 varios empresarios y políticos maquiavélicamente instigaban y conspiraban para derrocar a Zelaya. Cuando el Presidente Zelaya lanzó el proyecto para instalar una cuarta urna en las elecciones de noviembre de 2009, la oligarquía en complicidad de políticos y militares ambiciosos realizaron, lo que muchos no creían posible, dar un golpe de estado al mejor estilo de los ejecutados en la segunda mitad del siglo XX.

Lo que los actores intelectuales y materiales del golpe de Estado del 28 de junio de año pasado no imaginaron fue la reacción de la mayoría de la población. La célebre frase del impuesto presidente de facto R. Michelletti: “Mañana todos a trabajar que aquí no ha pasado nada” pronunciada ese 28 de junio de 2009 en horas de la tarde al ser juramentado por el Congreso Nacional tras leer inmoralmente una carta con la rúbrica falsa del Presidente Zelaya, no tendría resonancia, aún teniendo la dictatorial medida de cerrar medios y manipular la información por los medios de comunicación tradicionales, pues muchas personas de diferentes sectores sociales salieron a las calles a repudiar el retrogrado acto; así mismo la comunidad internacional al unisonó condenaron y rechazaron las relaciones diplomáticas y de cooperación con Honduras mientras estuviera gobernada por los usurpadores(pero si hay que hacer énfasis, en que Estados Unidos jugo, como siempre, sucio en este lamentable suceso). De tal manera que grupos campesinos, grupos étnicos, estudiantes, profesores, obreros, académicos, artistas, intelectuales y diversos grupos de la sociedad hondureñas condenaron y se aglutinaron en el Frente Nacional de Resistencia contra el Golpe de Estado, actualmente conocida como Resistencia. La Resistencia creció en militantes en vez de disminuir como pensaban los analistas de régimen, los empresarios y los sistemas de inteligencia militar (pagados por los impuestos del pueblo para cometer la traición de amenazar, torturar y asesinar).

Ahora cuando Porfirio Lobo gobierna con una minoría de apenas un 26% del padrón electoral, electo en una de las elecciones más cuestionadas de la historia de Honduras por ser elecciones impuestas frente a la ilegalidad contextual, comienzan la campaña de desprestigio contra los sectores que se oponen a seguir gobernados por dos partidos que nunca dieron el paso para democratizar el país en los diversos sentidos (económica, política y socialmente). Posteriormente el embajador estadounidense convoca a los liberales a una reunión con el voraz deseo de “ayudarlos a unificarse” o mejor dicho mantener los intereses en el bipartidismo, de donde algunos liberales tradicionales salieron diciendo que hay que unir el partido liberal; mientras tanto los cachurecos comienzan con menos de dos meses de gobierno a realizar asambleas políticas. ¿Qué se denota de lo antes señalado?, pues la respuesta, sin duda, esta clara, el sistema bipartidista esta quebrantado ante el descontento popular. En las últimas dos elecciones presidenciales el abstencionismo ha sido contundente, en el 2005 un 46% no fue a las urnas y en 2009 más del 50% del padrón electoral no fue a ejercer el sufragio (hay que entender las manipulaciones a través de funcionarios y medios de comunicación para ocultar estas cifras, puesto que el conocido corrupto Arturo Corrales es el cerebro de estas acciones). La desigualdad social ocasionada por la corrupción en las insipientes instituciones gubernamentales y municipales, que generan año con año el enriquecimiento ilícito, la politización inmoral del acceso a la población de los servicios públicos, la evasión al fisco (principalmente por los grupos empresariales), entre otros males son el causal del descontento social en Honduras. El golpe de Estado del pasado 28 de junio ha sido un detonante de una bomba que estaba a punto de estallar. Por ello la oligarquía y los dirigentes de los partidos políticos tradicionales están sumamente preocupados; pero ¿hay algo que les da cierta confianza?, indudablemente sí, es la fe en su poder y dinero para sobornar, intimidar y comprar al mejor postor. Sin embargo la sonada a resistir ante los abusos sistemáticos resuena en las aldeas, cantones, pueblos y ciudades; a tal grado que los militantes del frente de Resistencia superan al de los partidos tradicionales. Las preguntas serían entonces: ¿qué es la Resistencia frente al bipartidismo? y ¿qué hace la Resistencia frente a la actual coyuntura?, las respuestas pueden ser difíciles pero fáciles a vez, a la primera contestaría, que la Resistencia se convierte en una alternativa de cambio frente al tradicional antidemocrático monopolio bipartidista para abrir caminos hacia el mejoramiento de la equidad social mediante mecanismos productivos, políticos y socio-culturales de desarrollo nacional. La otra la contestaría así: la Resistencia es el primer gran movimiento político de pluralidad social (conformado por hondureños y hondureñas de diferentes ideologías, condición de género y otras diferencias sociales) que surgió y actualmente evoluciona tras los abusos de poder de los grupos que actualmente gobiernan el país; dicho movimiento de Resistencia popular trabaja en todo el país frente a las adversidades del poder sectario y sus vicios (engaño, clientelismo, proyectos sociales politizados y corrupción cotidiana).

En conclusión, estamos ante una coyuntura histórica que ha generado polarización, pero a la vez centra esperanzas en poder llevar a Honduras al desarrollo socio-económico en mejores condiciones democráticas. Sin embargo las adversidades están en cada esquina producto de una moral corroída de la mano un sistema judicial injusto, de políticos neo caudillistas y de la ignorancia centenaria que apuesta por seguir hundiendo en las “onduras” a nuestra Honduras. En cada ciudadano y ciudadana esta la decisión de conducir a Honduras a un nuevo horizonte de desarrollo en igualdad de oportunidades…

Fuente: Vos el soberano

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El Aguán es sólo un aviso

Por Manuel Torres Calderón

El Golpe de Estado del 28 de junio y sus repercusiones confirmaron que Honduras es una nación con profundas divisiones internas, carente de un proyecto común, producto de las desigualdades que se han acumulado durante muchos años. En ese sentido, el grave conflicto del Aguán y el sacrificio del campesinado es un testimonio de la crisis de fondo que abate al país.

El punto es que los grandes desafíos nacionales no han estado sobre la mesa de discusión o negociación, pese a que diferentes sectores, como el campesino, los vienen reclamando desde hace años. Ha habido profusa demagogia, pero no hechos que cambien la injusticia acumulada.

Poco se habla o acuerda sobre la necesidad de impulsar reformas políticas a fondo, mejorar la eficiencia de la administración pública, impulsar el desarrollo local, regional y la descentralización, buscar la seguridad a través de la justicia, promover la educación y la cultura, defender políticas agrarias y productivas justas, reconocer la equidad de género, que se admita el papel fundamental de la economía social; generar empleos de calidad, defender el medio ambiente y los recursos naturales o impulsar una gestión de riesgos que parta desde las aldeas hasta la administración central.

El proceso electoral, contaminado por el Golpe, no aportó compromisos reales y verificables sobre una agenda nueva, basada en prioridades nacionales. Aquel fue uno de los procesos más insustanciales desde 1982 hasta la fecha. Tampoco extraña, entonces, que el gobierno de Lobo adolezca de similares debilidades.

Los políticos en su campaña firmaron algunas ofertas de la misma manera que lo han hecho por años: sabiendo que no las cumplirán Bajo esas circunstancias, Honduras sigue sin verdaderos objetivos de Nación y de transformación social. El oficialista Plan de Nación o Visión de País que promueve el Presidente Lobo no tiene agarraderas nacionales. Nada que lleve el sello de Arturo Corrales puede considerarse libre de sospecha.

Si de expectativas se trata, en el 2021 Honduras se sumará a los países que cumplen su bicentenario, pero el balance al cual se acerca es que en lugar de disminuir sus grandes heridas sociales; éstas se han abierto más. Ello genera incertidumbre y desesperanza de la población frente al futuro, especialmente en las zonas rurales donde los rezagos o retrasos son mayores que en las urbanas.

El agro, desde la perspectiva social, fue deliberadamente destruido por el modelo de ajuste neoliberal implantado con la Ley de Modernización y Desarrollo Agrícola. Las privatizaciones se impulsaron a partir del desmantelamiento de la función pública y del Estado. Nada fue casual; todo fue premeditado.

Hace casi 20 años de ese parto bipartidista, también bautizado como la “Ley Norton”, y sigue vigente, sin un reconocimiento -gubernamental y de los organismos multilaterales que lo avalaron- de su fracaso productivo y sin una evaluación ciudadana de su origen, vigencia y consecuencias.

En aquella mesa que convocó el ex presidente Callejas para “legitimar” esa ley se consumó una traición que incluyó a dirigentes populares, pero se menciona poco de ello. El nuestro es un país de susurros históricos.

La oferta de que el mercado iba a modernizar y dinamizar el agro fue un espejismo premeditado. En estos años lo que más ha exportado el agro es mano de obra joven. Al modelo no le interesaba el campesino productor, sino el eventual “remesador” o el nuevo obrero al que explotar pagando salarios miserables. El impacto humano del modelo neoliberal para el agro jamás será reconocido en toda su magnitud. No se trata únicamente de unidades productivas, sino de las familias mismas. La desintegración del núcleo básico, el reemplazo obligado de roles y la ruptura de los lazos de una generación a otra cambió el rostro de Honduras.

Nada es rescatable de esta experiencia, ni siquiera en el plano económico puesto que el aporte agrícola al Producto Interno Bruto (PIB) se desplomó en estas dos décadas, al mismo tiempo que se consolidaban renovadas formas de latifundismo. Paradójicamente, no fue la industria la que avanzó sobre el latifundio, sino a la inversa, al grado que el actual presidente del Consejo Hondureño de la Empresa Privada (COHEP) es el presidente de la Federación de Agricultores y Ganaderos de Honduras. Esa fue una elección cargada de simbolismo en la elite de poder.

En ese contexto histórico, el conflicto del Aguán debe ser interpretado como un espejo nacional, no como un conflicto focal. Para el gobierno de Lobo enfrentarlo como un problema de “seguridad nacional” y no de “seguridad humana”, es cometer un lamentable error. En el agro lo que se vive es una tragedia social y productiva de alta magnitud. Si los indicadores sociales y económicos son deplorables en los centros urbanos; son peores en la zona rural. El 42.1% de los niños campesinos son desnutridos, frente a 24.6% en las zonas urbanas o sea dos por uno. La desigualdad se agrava cada año en los grupos sociales más vulnerables: desde los indígenas hasta las madres solteras. Entre los indígenas de la Montaña de la Flor o los tawahkas no existe un solo nativo que se haya graduado de alguna universidad y pocos son los egresados de educación media. Nacer campesino e indígena es tener una vida más sacrificada e incierta que la del resto de la población.

Ni siquiera en las pocas cooperativas que todavía están activas hay una mejoría satisfactoria de la calidad de vida de sus integrantes. Varias tienen años y años de estar trabajando colectivamente, de esfuerzos compartidos y sueños comunes, pero no logran cambiar significativamente su destino. Tienen más conciencia crítica, más formación y capacitación, pero todavía no cumplen los deseos que alientan para sus hijos e hijas. Seguro que hay excepciones, pero en muchos casos la buena vida se encarna en sus dirigentes, entronizados durante años en liderazgos inamovibles, tejedores de oscuras redes de clientelismo y compadrazgos.

En la base campesina, la vida sigue siendo endeble, frágil, atada a pequeñas esperanzas fallidas, como lo ejemplificó ese sacrificio peregrino que protagonizaron los campesinos y campesinas que después del Golpe de Estado ocuparon las instalaciones del INA para evitar el saqueo de los expedientes. Ellos fueron una especie de islote azotado e indefenso en un archipiélago de intereses mayores.

Sin duda, el esfuerzo personal o colectivo de los campesinos para defender sus derechos no bastará mientras el país mantenga un modelo desintegrador, excluyente en lo social y concentrador de la riqueza. Por eso no es sorpresa la violencia del Aguán. Tiene años de estar ocurriendo bajo modalidades distintas. Hay demasiada desigualdad como para pensar en un país “tranquilo” y “contento”.

Los síntomas de desigualdad, sobre todo en el agro, son visibles en el precario acceso de las mayorías a la justicia, a la información, a la participación, salud, educación, agua potable, saneamiento, electricidad, transporte, y al mercado. Persisten, además, enormes disparidades en bienes y oportunidades. Apenas, para dar un ejemplo, el 0.4% de los títulos de tierra en el sector reformado han sido otorgados a mujeres.

Todo en el país funciona al revés. Mientras los campesinos reclaman tierras para trabajar, Honduras pierde anualmente unas 108 mil hectáreas por diversas razones, entre ellas la deforestación y la quema. En unos diez años, de continuar este modelo que privilegia a los grandes ganaderos y explotadores de la madera y la impunidad en la destrucción del medioambiente, nuestra nación perderá más de dos millones de hectáreas de bosques. ¿Cuánto es eso? Ni más ni menos que el equivalente a la superficie de los departamentos de Francisco Morazán y Olancho, juntos.

Con las actuales políticas públicas, que no se modificaron bajo ningún gobierno anterior, además de la destrucción forestal, se avanza a la desaparición del agua y de los suelos. Una nueva escala de derechos humanos resurge para ser defendida, además del derecho fundamental a la vida que se está violentando en estos días.

El Aguán es un drama que va más allá de la tierra. El asesinato de Carlos Escalera lo probó hace varios años o la lucha permanente, y muchas veces solitaria, de las comunidades afrodescendientes para no ser despojadas. El acceso a la tierra es un derecho a derechos. Sólo así una conquista puede ser perdurable. Ello significa que estos procesos reivindicativos no se tratan de un retorno a los años 70 u 80. No puede haber olvido social de sus lecciones.

La realidad presente, incluyendo la influencia no mencionada del crimen organizado, es más compleja que en el pasado. Al margen del resultado de las negociaciones en marcha, muchos intereses no descansarán en su empeño de ver fracasado el movimiento campesino del Aguán. Saben que allí se juega el destino del agro hondureño.

Lo trágico es que el país dispone de las posibilidades necesarias para emprender los cambios y de fortalecer verdaderos procesos democráticos, pero no bajo las actuales circunstancias, no cuando los grandes poderes siguen prefiriendo imponer que convivir, arrasar que compartir. No es cierto que hayan entendido las lecciones del 28 de junio.

Lo que el campesinado demanda podría ser satisfecho si en la derecha hondureña hubiera más cordura y sensatez porque lo que exige es un mínimo de justicia social y económica en el agro, que comience por anular la Ley de Modernización y Desarrollo Agrícola y sustituirla por otra que dé estabilidad y gobernabilidad al país. El cambio de esa ley, que debió haber ocurrido en el 2008-2009, debe ser un objetivo social, productivo y económico nacional.

Muchas mentalidades deben cambiar para lograrlo, incluyendo el reconocimiento al papel fundamental de las mujeres en esta lucha. Ellas no deben ser subalternas, sino protagonistas.

Todo lo que pasa en el país implica repensar los vínculos entre el estado y la sociedad, entre el bipartidismo y el movimiento social, y entre la ciudadanía misma. Nadie está a salvo con este modelo. Con la tardanza, el panorama empeora. El Aguán es sólo un aviso.

Fuente: Vos el soberano

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La impunidad en Honduras

por Fran Sevilla el 20 Mar 2010

Ya apenas se habla en los medios de comunicación de Honduras. La asunción de la presidencia por Porfirio Lobo y la nueva salida del país del derrocado presidente Manuel Zelaya se produjeron hace apenas dos meses, pero con los focos apuntando hacia Haití, asolado por el terremoto, poco fue lo que pudo leerse y contarse de una supuesta transición que en realidad fue la consumación del golpe de estado.

Probablemente el hecho más relevante, en términos simbólicos, de lo que realmente ha ocurrido sea el nombramiento, hace unos días, del hombre que ejecutó el golpe de estado, el general Romeo Vásquez, como gerente de la estatal Empresa Hondureña de Telecomunicaciones (Hondutel). El nombramiento se ha producido inmediatamente después de que el general Vásquez pasara a retiro desde la jefatura del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

Es significativo que un militar que ha violado la Constitución, que se ha sublevado contra el presidente legítimo, que le ha introducido en un avión expulsándole del país, contra el que según la fiscalía hay indicios de delito, sea premiado de esta manera. Me viene a la memoria la respuesta que me dio Porfirio Lobo cuando le pregunté si no temía, en caso de ser el nuevo presidente y si se consolidaba el golpe, como finalmente ha ocurrido, que se estableciera un precedente y tuviera que gobernar con la amenaza de que lo echen de la presidencia si no gusta lo que hace. Lobo aseguró que él nunca tendría problemas con los militares, y al día siguiente de su victoria electoral, en unos comicios de legitimidad más que discutible, lo primero que hizo fue reunirse con la cúpula militar. El nombramiento de Romeo Vásquez, el retiro dorado con el que ahora se le premia, confirma que, efectivamente. Lobo nunca tendrá problemas con los militares, y éstos serán los que sigan mandando, desde la sombra, en Honduras.

Mientras los golpistas hondureños se solazan y reciben recompensas, mientras Porfirio Lobo intenta reconstruir las relaciones con otros países aunque sin asumir las consecuencias del golpe de estado, mientras Washington apoya incondicionalmente al nuevo gobierno, las violaciones de los derechos humanos continúan, como continúan las amenazas y la violencia contra los que se atreven a denunciar. Incluso la ONG Human Rigths Wacht, ha expresado su preocupación por un hecho significativo: el asesinato, en lo que va de mes, de tres periodistas hondureños mientras otros son amedrentados y amenazados. Human Rigthts Wacht dice teme que sea una campaña para silenciar a los medios de comunicación, para imponerles docilidad y sumisión. Parece evidente. Forma parte de la consolidación de la impunidad en Honduras.

Fuente: Vos el soberano - blogs.rtve.es

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